ANTONIO LÓPEZ: LA MEMORIA DESPROGRAMADA

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NAUCHERglobal, Eugenio Ruiz Martínez 1 08/01/2018

El monumento a Antonio López sigue aún en pie a pesar de que Barcelona ha ido depurando sus estatuas y nomenclátor conforme los avatares políticos y sus consiguientes revanchas laminaban el callejero y la historia escultórica de la ciudad. La Guerra Civil, la revolución libertaria, la dictadura franquista, la transición democrática, el catalanismo supremacista y los movimientos contestarios han forjado el actual espacio público a fuerza de martillearlo con golpes y contragolpes del poder político.

 El quítate tú que me pongo yo ha conseguido que Barcelona represente quién manda en cada época a costa de no contar hoy con originales efigies bicentenarias y muy pocas de prohombres anteriores a 1884, amén de las muchas que han acabado en escombros o almacenadas. La excepción que confirma la regla es la estatua original pública más antigua de Barcelona: la Fuente de Hércules (1797-1802), situada en el paseo San Juan con calle Córcega. Y aún gracias que esté protegida por ser un Bien Cultural de Interés Local. Su medallón de mármol muestra en bajorrelieve a Carlos IV y a su esposa María Luisa de Parma, lo cual le expone a ser algún día removido o agredido por representar la monarquía española de los Borbones.

La estatua del marqués de Comillas (1884), aunque repuesta por Franco a su pacato modo, está entre las más antiguas que representan personalidades de relevancia para la ciudad. Y su imagen gozaba de monumento, plaza y avenida sin que pocos repararan en quién era ese egregio personaje que tenía aquí tanto reconocimiento. Y así de discreta, incluso desapercibida, pasaba hasta que fue sacudida por la segunda ola de la revancha guerra civilista y por el irredentismo nacionalista, ambos solapados bajo el rebufo de la memoria esclavista que ha encontrado en Antonio López el cabeza de turco con que redimir a una ciudad que aceleró su prosperidad gracias también al trabajo esclavo en las Antillas españolas. Era inevitable.

Barcelona lleva casi dos décadas en plena vorágine de la memoria histórica y colectiva que ha supuesto traer al presente las partes del remoto ayer que conviene reconvertirlas en actual pasado. El tricentenario de 1714 (proceso independentista), la Ley de Memoria Histórica de Rodríguez Zapatero (guerra civil y franquismo) y la contestación de la izquierda radical (Podemos, Cup) respecto a la transición democrática y monárquica han removido aquí los símbolos del pasado más que en ninguna otra ciudad.

La imagen de Antonio López no debería verse afectada por este bum de la memoria (1714, 1936 y 1975) si no fuera porque, a resultas del Holocausto, las injusticias de lesa humanidad nunca más deberían alejarse hacia el cuarto oscuro de la Historia. Hay que tenerlas presente no sólo para reparar de algún modo a las víctimas y para no repetir los inhumanos crímenes, sino también para ser individual y colectivamente conscientes del desmedido daño personal y masivo infligido tiempo atrás por nuestros antepasados o por quienes son cultural e históricamente coetáneos. 

 El “Después de Auschwitz” tiene de corolario enjuiciar con similar percepción la esclavitud (Unesco, La Ruta del Esclavo, 1994) y el racismo, xenofobia, colonialismo, imperialismo… (Conferencia Durban I, 2001; Durban II, 2009) protagonizados por las potencias, sociedades, culturas y religiones occidentales. Tanto da que Europa no asuma las demandas de reparación moral y material exigidas a partir de las resoluciones de Durban II. Incluso sin tratados internacionales que avalasen su aplicación, tales desafueros han pasado a ser considerados, solo hasta cierto punto, crímenes contra la Humanidad que nunca prescriben y por tanto sus responsables deberían ser señalados y condenados, aunque sólo fuera retirándoles del espacio público (nomenclátor, estatuas, placas conmemorativas). Por no hablar de las condenas y borrones en los libros de texto, novelas, ensayos, películas, exposiciones, actos y simposios…, en parte propiciados y subvencionados por el poder político, lo cual denotaría alguna que otra sobredosis de parcialidad.

 Era lo que faltaba en Barcelona. Unos para cultivar la memoria arando y abonando su interesada historia desde 1714 a la espera de cosechar la legitimación política; y otros, para excavar en los “agujeros de la memoria” a que se refería George Orwell. Pero tanto darle vueltas al pasado para retorcerlo, tanto rescatar hechos mal documentados con el cedazo de los intereses partidistas, tanto abusar de la historia como arma política… Barcelona ha terminado por desprogramar su memoria. Es increíble que cunda tanta parcialidad en la perspectiva política de su pasado. Habría que resetearla. Sirva de prueba la parodia escenificada en torno a la imagen del marqués de Comillas.

Antonio López suma dos reveses. La injusta taca de negrero que le plasmó su cuñado en el ataúd (1885) y su protagonismo en la Restauración de 1875 (monárquica, burguesa, centralista) dejan hoy al exitoso empresario a los pies de sus adversarios con poder político. Sobre todo, la acusación de haber amasado su fortuna con la trata de negros y con el esclavismo le convierte en presa fácil para quienes están a cargo de la memoria en la ciudad. Hay pocos como él con quien poder justificar mejor el Comisionado de Programas de la Memoria del Ayuntamiento, el Observatorio Europeo de Memorias (representado en la Universidad de Barcelona), la Ruta de la Esclavitud, la Asociación Conocer Historia, los sindicatos a favor del trabajo digno y la oenegé SOS-Racismo ariete de la dignidad integral de los inmigrantes y de las etnias minoritarias.

¡Qué fácil! Su monumento sirve incluso de prueba de cargo con solo echarle pintura, grafitearlo con injurias, acabar allí manifestaciones contra el racismo, celebrar a sus pies actos contra la explotación laboral y contra los CIES, fotografiarlo con algún negro figurante sentado en sus peldaños y convertirlo en el colofón para finalizar la Ruta de la Esclavitud. Si no era negrero, ya da igual, como si lo fuera. Para algo sirven tales agresiones, encima respaldadas por artículos y charlas de similar guisa contra él. Aparte del filón editorial que le enmarca: “Dinero negro, historia de los negreros catalanes” (Rafael Escolà, Premio Nostromo, 2010); “Esclavos y negreros” (Chaviano Pérez, Rodrigo Alharilla, 2017); “Traficantes de almas” (Gustau Nerin, 2015), “El mar de los traidores” (Jordi Tomás, 2013).

 No será por falta de historiadores y de literatos que el presente de Cataluña no acarree consigo su particular pasado esclavista, a partir del cual darle a Antonio López, más que nadie a él, al charnego, el falaz protagonismo de conspicuo negrero en Barcelona. Marcar al culpable, concentrar los agravios en él, conlleva una chusca manera de exonerar a la ciudad española que más se benefició del sistema esclavista cubano. Más aún, retirar su estatua supondría para la capital catalana blanquear su pasado y, encima, ser todo un ejemplo político de esmerada rectitud con los derechos humanos. ¡Bingo!

Es lo que pasa cuando el cultivo intensivo de la memoria se hace sobre una parcela de la Historia que llevaba más de un siglo y medio en barbecho. Se puede decir cualquier disparate repetidas veces sobre algo geográfica y temporalmente lejano y sin pruebas irrefutables. Permite aplicar a Antonio López las manidas frases atribuidas a Goebbels, ministro de Propaganda nazi: “Mientan, mientan (o calumnien, calumnien) que algo quedará (…) Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. Las calumnias jamás desaparecen del todo. 

La condena al marqués de Comillas ahora ya se dicta de memoria, sin tener que aprender ni repasar ni comprobar nada. Las escasas y últimas investigaciones al respecto datan de hace dos décadas. En eso consiste. Que todos deban saber de memoria que él fue un negrero. Sí, porque si la memoria histórica y colectiva debería rescatar la verdad contra el olvido, la desprogramada memoria de la ciudad sirve para memorizar en la población el recreado y negro pasado que convenga a las actuales reivindicaciones. Basta con caricaturizar a Antonio López de negrero para que su imagen y monumento se conviertan en chivos expiatorios contra la esclavitud, el racismo, los abusos sociolaborales, el sufrimiento de los refugiados y la precariedad de los inmigrantes. Razón de más para manejar con probada profesionalidad y honestidad la historia, no sea que se haga más mal que bien al intentar acomodarla a los intereses actuales:

“De hecho, las sociedades reconstruyen sus pasados más que los plasman fielmente, y lo hacen así teniendo claramente en mente las necesidades de la cultura contemporánea” (“Mystic Chords of Memory”, Michael Kammen, 1991). 

 Barcelona cuenta, gracias a la verdad interesada de unos y la amnesia general sobre Antonio López, con un oficialmente rememorado negrero que hace de pin-pan-pun, para ajustar nuevas y viejas cuentas y de punto de encuentro para las Fiestas de la Diversidad. Siempre habrá algún activista del Movimiento Panafricanista de Cataluña o de organizaciones similares, que agraviado de oídas por dicho monumento reivindique retirarlo de la vista. No necesita saber ni molestarse en qué hay de verdad en todo ello porque, a estas alturas, toda Barcelona da por hecho que fue negrero. Cualquiera puede apuntarse sin reparos a esta posverdad aceptada y publicitada por los estamentos políticos y mediáticos de Cataluña.

Antonio López ha perdido la batalla de la imagen frente a quienes han esgrimido “la historia como arma” (Manuel Moreno Fraginal, 1983); o más atinado, contra quienes han hecho un mal uso de la memoria para darle la vuelta a la tortilla. Si la historia la escriben los vencedores, la memoria la imponen los que van ganando. A fin de cuentas, nadie recuerda si algo o alguien no provocasen recuerdos. Los evocan las imágenes. A nada que se retiren a éstas del espacio público, de los libros de texto, de las mentes… dejan de existir las personas y acontecimientos que les aludían. Tan viejo como la pana. Desde antes de los faraones se tira abajo todo aquello que los vencedores no desean que perdure. Alegan que no refleja sus creencias y valores. Los talibanes derrumbaron los dos colosales Budas de Bamiyán (2001), los yihadistas detonaron parte de las ruinas de Palmira (2015, 2017)…

 Aunque levemente, similar pulsión también sucede aquí por más que sea rebozada de democracia. No es una irrisoria anécdota lo sucedido con el conseller Santi Vila en la foto de la web oficial de lo que Carles Puigdemont considera su Govern legítim. Prueba el desastre de la memoria en Barcelona, capaz incluso de eliminar el recuerdo de Santi Vila en una imagen reciente, olvidándose de quitarle sus perneras. Y si se puede hacer fotoshop con el pasado para borrar a alguien, por la misma se hace fotoshop con el presente imprimiéndole con el rodillo oficial del Ayuntamiento a Antonio López de negrero. Ello delata lo descuajeringados que están en Barcelona el pasado, el presente, la memoria y el criterio.

 La salvedad es que el Ayuntamiento de Barcelona justifica la retirada de la estatua de Antonio López en que no representa los actuales valores de la ciudad y toma dicha decisión democráticamente. Nada podría aducirse si se documentaran las duras acusaciones contra el marqués de Comillas y no hubiese detrás un espíritu de revancha contra lo que, sin relación con la esclavitud, esta personalidad representa en la ciudad. Los argumentos de legalidad y democracia no son de recibo cuando hay más oportunismo y desmemoria que motivos probados para retirar la estatua de Antonio López y López.

La grandeza de la democracia no es aprovechar la memoria oficial para ganar por la mano al adversario. ¡Cuántas injusticias se cometen al tomar decisiones democráticamente! Deberían saberlo los líderes contestatarios que se han hecho con la Alcaldía de Barcelona, pues sus votantes figuran entre los más perjudicados por unas normas aprobadas y aplicadas conforme a la legalidad del actual régimen democrático. Actúan contra el Marqués de Comillas con una imposición que ellos mismos critican en el proceder de sus oponentes. Y aprovechan que recordar, imaginando un pasado favorable a sus tesis, es una poderosa arma política de especial repercusión para ideologizar el espacio público y colonizar las mentes.

 Memoria colectiva o colectiva instrucción. La decisión de retirar el monumento a Antonio López supone revisar el espacio público para así tomarse la revancha contra los valores que representa dicho personaje. Su presunto pasado negrero sería el pie de cabra para remover esta insigne imagen de la Restauración, cuyos principios estorban al soberanismo catalán y a los movimientos contestatarios (CUP, Podemos y Comunes). De la misma manera que también se propuso eliminar el monumento a Colón y la Fiesta de la Hispanidad pergeñando la fobia a España con la condena al colonialismo. De hecho, allí donde falta el elemento fóbico no se andan con remilgos con el supuesto pasado esclavista, imperialista, racista… de sus representativas estatuas. Sea en Comillas o Londres… se evita juzgar el pasado con criterios del presente so pena de poner patas arribas incluso la percepción de nosotros mismos, lo cual sería absurdo, obsesivo hasta incluso llegar a enfermar la memoria colectiva a fuerza de desorganizarla y seleccionarla para fines ladinos (“Los abusos de la memoria”, Tzvetan Todorov, 1995).

 Moralizar el presente recordando el pasado tiene sus trampas si falta ecuanimidad y pruebas fehacientes; si memorizar es una irreflexiva técnica de aprendizaje; si se predica una sola verdad verdadera con repiques de santa inquisición; si los intereses partidistas amasan la memoria colectiva con la memoria histórica y éstas, a su vez, con la memoria objetiva y con la memoria personalista. Es lo que hace el Ayuntamiento de Ada Colau con la imagen de Antonio López. Una populista escenificación de malos recuerdos mal recordados que deja a Barcelona como una excepción europea al tratar el pasado esclavista del viejo continente. Consiste es sacar los lodos de la memoria, exponerlos y sobredimensionarlos, olvidándose selectivamente de poner en valor la contribución del personaje a denostar.  

Contra el Marqués de Comillas confluyen la combatividad del soberanismo, la manipulada inmigración y los movimientos con hechuras de revolucionarias. Suficiente para que el Ayuntamiento consiga hormar un espacio público a fuerza de desenterrar sesgadas historias con las que esconder en el almacén estatuas y placas del callejero sin otro criterio que el político. Para algo cuenta con el requisito básico que ya apuntó Maurice Halbwachs (1877-1945): “Cada memoria colectiva requiere el apoyo de un grupo circunscrito a un tiempo y lugar”.

 Este sociólogo francés, un clásico sobre las diversas memorias en el espacio público (“La memoria colectiva”, obra póstuma tras morir en un campo de concentración), marca los límites y contradicciones a que nos abocan los recuerdos y la Historia si, como sucede en Barcelona, hay un larvado conflicto civil que se dirime con una guerra de símbolos también en el nomenclátor y en las esculturas. Es el caso de Antonio López, donde además entra en litigio la inmigración de los descendientes de esclavos o de los pueblos subyugados por los imperios occidentales.

A los partidos soberanistas y de izquierdas ya les va bien que los inmigrantes figuren en primera fila contra Antonio López acusándole de negrero. Legitiman mejor que nadie la condena de la esclavitud porque al menos hipotéticamente fueron sus víctimas. Al darles apoyo, facilitan la tarea de quitarse del medio un monumento que de algún modo representa la Cataluña que detestan: unos por española, otros por burguesa, y algunos tantos por ambas cosas. Sin la numerosa presencia de inmigrantes ni su específico peso político en Barcelona, apenas se tendrían en cuenta los sentimientos y resentimientos que Antonio López pueda provocar entre ellos, sean nada espontáneos o bien mullidos por quienes le señalan como el negrero por excelencia en el corazón del ex imperio español.

De algún modo, a los inmigrantes se les propone a culminar aquí la última fase de la descolonización y de la abolición de la esclavitud. Contra lo primero no cuentan en Barcelona con una estatua de Hernán Cortés, ni de Pizarro… a lo más con varios conquistadores y descubridores en los medallones de las Casa Xifré (1840). Poca cosa. Tampoco les vale la estatua de Elcano en una fachada del Paseo de Gracia (“El pirata”). Y el monumento a Cristóbal Colón es una pieza demasiado grande para echarla abajo por más que a veces le arrojen pintura y cerquen con cintas rojas. Buenos Aires removió del centro la casi centenaria estatua del Almirante; aquí sería impensable tal atrevimiento.

Mejor lo tienen para abolir simbólicamente la esclavitud gracias a Antonio López. No es el adecuado, ni mucho menos, pero no disponen a la vista de otro personaje más apropiado para ello, ni en toda España, y encima en Barcelona ya está oficialmente tachado de connotado negrero y esclavista. Esto no es cierto, ¡de qué van!, pero les vale a quienes desean redimir agravios, aunque solo sea ante un engañoso símbolo de la esclavitud.

Lo positivo de esta burda manipulación es que el monumento del marqués de Comillas permite a los inmigrantes tener un punto concreto donde aflorar las protestas de quienes en un mundo post-esclavista llevan puestos los grilletes de la falta de papeles (trabajo/residencia), del racismo, de la discriminación, de la marginación, en suma, que arrastran por su origen y etnia, y también por su escamoteada llegada a la Península aun sabiendo que probablemente acabarán llevando las argollas del neoesclavismo a  modo de ciudadanía coartada. Muchos de ellos obtendrán la nacionalidad española pagándola con años de trabajos precarios y privaciones sin cuento. Un reflejo de lo que sucedía con los esclavos coartados de Cuba, que pagaban su precio al amo con un extra de sometimiento forzado con el cual quizás liberarse y obtener la ciudadanía plena. Estaríamos en lo que decía George Santayana: “Esos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. El problema es que colocar a Antonio López, marqués de Comillas, de icono negrero contribuye a despistar la memoria cometiendo con él una injusticia. Tal imagen es una argucia para vehicular hacia el pasado los sentimientos y resentimientos de los agraviados por el presente.   

La pétrea estatua de Antonio López les sirve a los inmigrantes para resarcirse exponiendo allí las injusticias a que les someten los negreros de carne y hueso del neoesclavismo. Les han dicho que ese personaje fue el malo malísimo con los esclavos. Y se lo han creído. La ingenua manipulación es, sin duda, una de las servidumbres a que están sometidos los inmigrantes. Con Antonio López, otra mentira para crédulos. Sin embargo, sus reivindicaciones son sinceras; sus motivos, de verdad.

Porque la esclavitud no acabó con los carpetazos legales dados en el siglo XIX. Sus efectos están presentes en las antiguas sociedades esclavistas. Léase si no “(Que se avergüence el amo)” en la elegante elegía “El apellido”, del poeta afrorrealista cubano Nicolás Guillén (1902-1989); por no poner primero el desgarrador gatillo fácil de la policía con los negros estadounidenses. Además, los contornos de las sociedades esclavistas han acabado llegando a las ex metrópolis imperiales, toda vez que los inmigrantes traen consigo la cara viva de las secuelas y los efectos colaterales de la inhumanidad masiva. Y no vienen pidiendo justicia al modo del famoso camafeo abolicionista en que un negro encadenado y semi arrodillado implora con la leyenda: “Am I not a man and a brother” (¿No soy yo una persona y un hermano?” (Josiah Wedgwood, 1787).

Vienen vindicando y exigiendo sus derechos, y para ello recurren con frecuencia en Barcelona ante uno falso negrero de piedra que hizo dinero en Cuba hacia 1850. Carnaza o señuelo. Instrumentación. Antonio López cumple así el injusto papel protagonista que le han adjudicado. Dicho en plata. El abusivo empleo de su monumento para denunciar la muerte de Idrissa Diallo, inmigrante de Guinea-Conakry retenido en el CIE de Barcelona, confirmó en 2012 la ventaja de tener una estatua en un sitio concreto donde los inmigrantes puedan centrar sus protestas, iras y manifestaciones. Quizá algo bueno trajo consigo el desprogramar la memoria, si bien refuerza hasta el absurdo la posverdad de que el marqués de Comillas amasó su fortuna gracias a la esclavitud. La paradoja es que no debería retirarse su imagen porque ya se ha convertido en un Bien Culturalizado de Interés Local para los inmigrantes. Por el contario, quienes defendemos la imagen de Antonio López podríamos pensar que sería mejor retirarla para que no la agredan por causas que nada tienen que ver con él.   

El acoso y derribo de Antonio López plasma el afán por restregar con él los simbólicos borrones negros y coloniales de Barcelona. Y esto pasa en una ciudad donde los perros no ladran ante el neoesclavismo de jóvenes catalanes que se hacen pobres incluso trabajando; con décadas del 3%, de tráfico de influencias, de paraísos fiscales; con sindicatos proclives a la aristocracia obrera; con ilegalidades masivas en el servicio doméstico copado por las extranjeras; con pobres parados e inmigrantes que se resarcen a las malas con delincuencia; con el pringoso hábito de pagar y/o cobrar en negro en un atmósfera de corrupción y corruptelas… Todo esto y más en un modus vivendi no exento de estucada respetabilidad.

Donde puestos a ponerse políticamente exquisitos, el Ayuntamiento retiró la leyenda de la escultura que hacía referencia a José Antonio Samaranch, mientras hace MUY vista gorda considerando “presos políticos” incluso a los etarras y hasta la alcaldesa se avino a dejar un centro cultural a Arnaldo Otegui. Incoherencia, revancha, parcialidad. Absurdo. Se obvia o vulnera aquí y ahora la escala de valores en vigor, mientras ésta misma se aplica a rajatabla a conductas y hechos de 1850, ¡y en Cuba!, a pesar de que “The Past is a Foreing Country” (David Lowenthal, 1985), donde tan distintas eran las leyes, la mentalidad y la cultura cívica. No vale la pena ni sentir animadversión por quienes nos gobiernan. La memoria histórica puede tener esas cosas que Tellyrand atribuyó a los Borbones franceses: “No aprendieron ni olvidaron nada”. Vuelta a la casilla 36 con la decisión de retirar la estatua de Antonio López. En 1936, por burgués; hoy, por negrero; ayer y hoy, sin motivo.  

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