ACUSACIONES IMPROVISADAS

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NAUCHERglobal, Eugenio Ruiz Martínez 1 10/09/2017

Este librillo lo publicó al estallar las desavenencias familiares respecto a la herencia tras la muerte de su padre el año anterior. Antonio López había sido nombrado consultor testamentario y, al parecer, incluso mangoneaba los usufructos de la viuda como si tuviese pleno derecho a gestionar la herencia del suegro. Ser elegido consultor testamentario suponía poner bajo tutela de López los bienes heredados y, en caso de mala fe, podía despojar solapadamente a los cuñados. El caso dividió a la familia, acabó en los tribunales y, aunque la sentencia dio razón a la viuda, Antonio López no habría salido malparado si no fuera porque se ganó de por vida la ácida y vindicativa enemiga de su cuñado Francisco. De él parte la leyenda negra de que fue un aterrador negrero, lo que a la postre está en la decisión del Ayuntamiento (02-05-2017) de retirarle del espacio público de Barcelona (el monumento y el nombre de una plaza).

 Lo curioso de este librillo es que no menta para nada, ni siquiera implícitamente, que Antonio López se enriqueciese con la compraventa de esclavos. Ni la más leve alusión. Casi tres décadas después debió pensar que había improvisado al acusar a su cuñado sin referirse a la trata. Y publicó “La verdadera vida de Antonio López y López” (1885). Para entonces, éste había muerto (1883) y le habían erigido en Barcelona un monumento.

El opúsculo “Fortunas improvisadas” es obviado por quienes denigran a Antonio López, pues no les cuadra, de hecho, desdice, la acusación de que el origen de su fortuna fue la trata de negros. Se publicó después de que él abandonase Cuba, hubiese desinvertido allí casi todos sus bienes y su nueva empresa (naviera López y Cía, 1857) nada tuviese que ver con una sociedad esclavista. Cuando su cuñado Francisco volvió a la carga con otro libro, la esclavitud se había abolido en Cuba y hacía tiempo que era condenada cada vez más por la opinión pública catalana. Él aprovechó este cambio de escenario y sensibilidad para acusar a López de negrero, encima cargando tintas de lo muy despiadado, de lo malo malísimo, que fue con los esclavos. No por ello dejó de culparle que haber despojado a la familia Bru-Lassús. Pero, aunque entrase en abierta contradicción con lo publicado en 1857, afirmó que el origen real de la fortuna de Antonio López era el comercio al por mayor de “carne humana”.   

El libro es una disparatada pocilga de odio en la cual no hay datos, ni citas, ni nombres… ni nada que avale las acusaciones. Además, se escribió nada menos que para chantajear al heredero, Claudio López Bru, exigiéndole dinero a cambio de no publicarlo. Éste, sobrado de honorabilidad y buen criterio, no se dejó extorsionar. Prefirió soportar la ignominia que ceder ante su resentido sobrino. Que el Ayuntamiento de Colau retire el monumento supondría, en parte, el alto precio a pagar hoy por la rectitud del segundo Marqués de Comillas. Mantener los principios morales no suele salir gratis. Tiene sus costos, incluso a largo plazo. Nobleza obliga y la familia Güell (López) se lo tomará con resignación.

Para más descrédito de Francisco Bru, publicó “El Marqués de Comillas, su limosnero y su tío” (1895), dejando en evidencia su ventajismo sin escrúpulos. La obra pretende difamar a Claudio López Bru aprovechando el conflicto entre éste y Jacinto Verdaguer provocado por la grave crisis personal y/o patología mental que sufría el capellán al punto de extralimitarse con el dinero para obras de caridad y de abusar de la total confianza que siempre le dispensó el de Comillas. Y es a este penoso personaje, Francisco Bru, a quien algunos de reconocido prestigio dan crédito y utilizan sus obras de odio contra Antonio López. Por favor, un poco de seriedad si no se quiere caer en un fraude intelectual.

Lo desconcertante es que haya investigadores y articulistas que confirman sus estudios y opiniones citando como prueba a un libro chantajista, revanchista y carente de datos que avalen las acusaciones de negrero. No hay modo. Cuando se publicó tuvo cierto éxito y hoy sigue teniendo credibilidad para algunos historiadores y publicistas, lo cual me deja perplejo, y más perplejo me deja contra más lo releo (tres veces). En su tiempo la prensa contestataria (ej. “La Campana de Gracia”) dio por buena la versión de Francisco Bru. Desacreditar a los poderosos siempre tiene su público, tengan o no razón. Y una vez anclada en Barcelona esta leyenda negra, con ribetes ciertos de compraventa de esclavos, hubo quienes al Antonio López de la estatua del monumento lo bautizaron “El Negro Domingo”, quizás haciendo referencia a alguna canción popular.

La imagen de Antonio López quedó estampillada con la mancha indeleble de que fue negrero y en 1936 unos milicianos pusieron en Barcelona a la estatua de bronce una soga al cuello y la derribaron tirando de ella con un vehículo (algo similar sucedió con la estatua levantada en Comillas). De ella hicieron balas como había propuesto décadas antes “La Campana de Gracia”. Actuaron sin más certeza que la aportada por la popular leyenda negra. Una improvisación concomitante con la revolución y guerra civil. Nada extraño para los tiempos que corrían. El propio líder socialista Indalecio Prieto (1883-1962) se permitió la patochada de denigrar desenfrenadamente a Antonio y Claudio López tomando como fuente de información lo oído a un español que había estado en Cuba a principios del siglo XX. Refiriéndose a Claudio López: “En cuyo expediente de canonización resbalará silencioso el origen de su caudalosísima fortuna, acopiada por su señor padre con el cristiano tráfico de negros, con los cargamentos de ébano vivo que don Antonio compraba en África y traía a América, permitiéndose legar a su hijo Claudio ya casi tanto, un título de marqués y una montaña de millones.” (“De mi vida”, 1975, pág. 201, memorias). ¡Qué nivel! E Indalecio Prieto era de los más cabales. Así nos fue.

 En la posguerra, el dictador Franco encargó al escultor Frederic Marès que reprodujese en piedra dicha estatua (colocada en 1944) y pocos se molestaron en desempolvarle abiertamente la acusación de negrero hasta que en 1996 Martín Rodrigo Alharilla publicó un trabajo de investigación. Según este historiador experto en Antonio López y en los indianos afincados en Cataluña, el futuro Marqués de Comillas se había enriquecido gracias a la trata de negros; es más, ésta sería el origen de su fortuna posterior: “Tampoco hay duda de que Antonio López estuvo vinculado a la trata de negrera ilegal: mientras vivió en Santiago de Cuba se encargó de recibir numerosos alijos de africanos esclavizados, recibiéndolos de los capitanes que los traían desde las costas de África para venderlos después en la Isla.” (“Barcelona y los negreros”, El Periódico, 20-06-2017)

 No pretendo aquí rebatir en cuatro renglones a este especialista en la vertiente empresarial del Marqués de Comillas, una personalidad del siglo XIX sin biografía. Me falta aún acceder a documentos con los que pergeñar una revisión crítica a sus acusaciones. Lo dejo para un libro que estoy escribiendo. Lo único que tengo claro, sólo por ahora, es que Rodrigo Alharilla mezcla suposiciones y archivos para llegar a la tajante conclusión de que Antonio López no fue un mero intermediario en la compraventa de esclavos, también un negrero de manual en cuanto consignatario de los cargazones de negros traídos desde África. No conozco de otro experto en la materia que haya llegado a la misma conclusión aportando pruebas. Sí hay libros, entre otros del político e historiador Oriol Junqueras (“Les catalans i Cuba”, 1998), que le relacionan con el tráfico de esclavos. Pero todos ellos tienen un valor más bien divulgativo porque no aportan un trabajo de investigación propio. En todo caso, a la leyenda negra que se arrastraba desde más de un siglo se le sumó el peinado de archivos, de especial importancia en Cuba, realizado por Rodrigo Alharilla. El resultado pronto se dejó notar. A finales del pasado siglo hubo manifestaciones anti antiesclavistas que terminaban vituperando el monumento de Antonio López. Fue el inicio de un pim-pam-pum en los medios de comunicación, incluidas bitácoras (blogs), que terminará a lo grande cuando la grúa se lleve su estatua y le eliminen del nomenclátor

Hubo también artículos y comunicados a favor de preservar la imagen y el monumento al Marqués de Comillas (de María del Mar Arnús, de la Asociación Catalana de Capitanes de la Marina Mercante…). Más en concreto, de uno de sus descendientes, José Joaquín Güell y de Ampuero (La Vanguardia 14-06-2017). Vendría a decir que Barcelona no se merece el monumento “porque Antonio López encarna todo lo que ella [Ada Colau] y los suyos desprecian”. En referencia al Marqués de Comillas, él destaca su laboriosidad sin lamentaciones ni protestas (murió con las botas puestas), su éxito empresarial (mayor holding español de su tiempo), su superación personal y social (huérfano de origen humilde) y su contribución para que “los hombres nacidos del pueblo” (“España Trágica”, Pérez Galdós, 1909) regeneraran la política, la economía y la cultura gracias a una emprendedora y ennoblecida burguesía que suplantó a la mortecina y empobrecida aristocracia tradicional.   

El artículo “El desahucio de Antonio López”, de Güell, vendría a contraponer al de Antonio Lucchetti: “Barcelona no se merece la plaza de Antonio López” (El País, 15-05-1999). Este escrito adolece de alguna imprecisión. Lo de menos. Lo grave es que a este líder de IU-EUiA le bastaron las acusaciones publicadas en 1885: “Su cuñado, Francisco Bru, afirmó que López se entendía con los capitanes negreros…” Suficiente, según Lucchetti, para “promover una suscripción para derrocar ese monumento, sustituirlo por otro dedicado a la diversidad…”. No fue el único en vituperarle. Y debido al creciente estado de opinión contra López, el alcalde socialista Jordi Hereu cambió, en abril de 2010, el nombre a la avenida Marqués de Comillas para denominarla Francesc Ferrer y Guàrdia (pedagogo y activista político, escandalosamente fusilado en 1909 a resultas de la Semana Trágica).

 Fue el preludio del similar destino que tendrían la plaza y monumento dedicados a Antonio López. Medio año tardaron los sindicatos CC.OO. y UGT en apuntarse el tanto de pedírselo al Ayuntamiento. Hicieron una concentración ante el monumento para conmemorar el día mundial en Defensa del Trabajo Digno, cubrieron parcialmente el grupo escultórico con plástico negro y enviaron una carta conjunta con su petición al alcalde Hereu. Adujeron que “que Barcelona ha de ser un modelo de ciudad, que fomente los valores del trabajo digno y con derechos.” Su corolario fue que retirasen del espacio público a “quien hizo su fortuna mediante la esclavitud. No creemos que sirva como excusa que la esclavitud fuese legal en su época.”

 Los sindicatos no aportaron documentación alguna para respaldar unas acusaciones, cuanto menos, para mí, improvisadas. Daban por seguro que hizo su fortuna gracias a la esclavitud, lo cual sería una verdad sesgada y solo en parte. Una cosa es ganar dinero con la compraventa de esclavos y otra, bien distinta, que su fortuna se debiese a este tipo de comercio hoy inhumano e inadmisible. Y es una ligereza que les sea igual la legalidad que la ilegalidad de los negocios esclavistas de Antonio López. Por la misma habría que condenar sin paliativos a quienes se aprovecharon del trabajo infantil cuando, hasta no hace tantas décadas, era legal y socialmente admitido.

Sucede que Antonio López es presa a batir en Barcelona también por motivos ajenos a la esclavitud. Recomiendo a ambos sindicatos catalanes que el próximo día mundial del Trabajo Digno celebren una concentración, igual que contra Antonio López, ante la escultura que el ayuntamiento de Sitges levantó en el paseo marítimo para homenajear a su paisano Faustino Bacardí Massó (1814-1886). Y que conste que este monumento no data del siglo XIX. Aún huele a nuevo (septiembre de 2009).

Bacardí hasta tiene paralelismos con López. Llegó a Cuba en 1830 con 15 años, a una sociedad en la cual las plusvalías del trabajo esclavo daban muchas facilidades para improvisar fortunas, también destilando ron. ¿Acaso no tuvo esclavos y, según consta, su esposa no vendió algunos? ¿Acaso las melazas de la caña de azúcar le llovían al amanecer como un maná sobre los tejados de sus destilerías?... Quizás sólo tuvo la suerte de llevarse bien con todos los cuñados. Lo seguro es que él no contrataba a los negros conforme al actual estatuto de los trabajadores y que se aprovechó de la trata por lo menos de segunda o tercera mano, pues la cadena de la esclavitud empezaba en África, pero tenía eslabones, grilletes y argollas para que, entre otros muchos, los grandes empresarios chuparan del bote del azúcar para amasar dulces fortunas.

No estoy acusándole de negrero. Presupongo que Faustino Bacardí y su hijo Emilio se comportaron según las prácticas aceptadas en su tiempo y no vale ahora aplicarles los baremos morales que rigen hoy. Al igual que tenemos ahora empresarios en Barcelona inmersos, por la propia dinámica del mercado y del modus vivendi, en un neo esclavismo legal que encadena a parte de sus empleados a hacerse pobres incluso trabajando como negros. Y por qué no mentar a los negros sentados en las puertas de los supermercados o deambulando por nuestras calles con los carros de compra donde meten las migajas de la opulenta sociedad de consumo. Viven en la precariedad, en estado de excepción (sin derechos políticos) e incluso con miedo (deportaciones). Dentro de dos siglos, ¿a quién le van a pasar cuentas de ello? ¿Qué monumento habrá que derribar? Absurdo. Pura soberbia moral: lavar la ética sociolaboral del pasado mientras se ennegrece la actual a ojos vista y con la complacencia generalizada del ¡qué se va hacer! La vida. Sirva el presente para mirar, sin condenas facilonas, la compleja personalidad del empresario Antonio López. Qué hacían los grandes sindicatos denigrando con plásticos negros a quien, visto desde otro ángulo, le tendrían que haber puesto una corona de flores el día mundial del Trabajo Digno. Me explayo en las acusaciones lanzadas por los sindicatos porque tienen importancia. Su impoluta postura contra la esclavitud resulta también lacerante, pues acomete contra quien creó, como pocos, miles de puestos de trabajo en la Barcelona de su tiempo.    

Antonio López fue un empresario de tanto éxito que no sólo fue capaz de ofrecer beneficios a sus socios y accionistas, sino también unos contratos de trabajo más dignos que quienes tenían empresas menos rentables. De entrada, su naviera fue en su tiempo y durante décadas la preferida por los marinos porque tenía barcos, sueldos y condiciones laborales mejores que las demás; salvo excepciones, que siempre las hay. Dada la idiosincrasia de los barcos, donde se trabaja primando la seguridad y la buena convivencia, las recomendaciones para encontrar embarque siempre han estado, y siguen, a la orden del día. Y más falta hacían en las navieras, como la Compañía Trasatlántica, que por su solera ofrecía un plus de prestigio y de sueldos dignos. Por algo llegar en los barcos de los Comillas a ser capitán, jefe de máquinas, contramaestre, caldereta o mayordomo (mandos y maestranza) era motivo de orgullo profesional. Suponía llegar profesionalmente tan alto que casi se podía coger a Dios por los tobillos. Ya no. Trasatlántica hace tiempo que de facto dejó de existir. Sin embargo, quizás sea la única naviera española que tiene una asociación de antiguos tripulantes, con sus reuniones anuales a la que acuden marinos de distintas partes de España. Señal que, incluso cuando la Compañía estaba de capa caída, sus marinos embarcaron con condiciones laborales dignas y siguen orgullosos de haber navegado en ella. También yo guardo incomparables recuerdos de cuando fui alumno de náutica en el “Belén” (1974), uno de sus cargueros.

 Habría valido la pena que los sindicatos hubiesen recalado también en los otros perfiles del poliédrico Antonio López. Pues en su más de medio siglo trabajando, sólo durante unos años medió, tal vez, en la compraventa de esclavos, entre otros bienes y servicios con que satisfacía a sus clientes. No. CC.OO. y UGT sólo le han juzgado desde el lado más sombrío posible. Y a saco. Ni han tenido en cuenta que en los barrios circundantes a la estatua han vivido durante más de un siglo miles de empleados de las empresas del Marqués de Comillas (Trasatlántica, Crédito Mercantil, Banco Hispano Colonial, Arsenal Civil, Tabacos de Filipinas, Cía. de Seguros Vitalicio…) que por tener sus sedes sociales en Barcelona se llevaban la parte de león de los mejores sueldos y condiciones laborales. Del olvido de López es fácil pasar a su ostracismo. En la amable reunión que mantuve en CC.OO., uno de quienes me atendieron minimizó que quitasen la estatua de Antonio López porque la gente que pasaba a su lado ni le conocía. Con dicho argumento, deberíamos retirar antes que a él a gran parte de quienes están en el nomenclátor. Habría razones de más peso.

Uno de los motivos para borrar la imagen del Comillas es la necesidad de modernizar la escala de los valores sociolaborales de la ciudad incluso a costa de esconder en los almacenes la historia de la ciudad. Aunque al personaje denostado se le acuse improvisadamente, sin rigor. Poco importa. Porque Barcelona necesitaba un negrero, cualquiera, aunque no lo fuese de verdad o no del todo. Hacía falta uno para dársela de posmoderna y hacer un guiño a los inmigrantes. Sos-Racismo Cataluña figura, al menos desde 2014, entre quienes han pedido al Ayuntamiento retirar la estatua y el nombre de Antonio López. A pesar de haberlo intentado, no he conseguido la carta o pliegos en que lo pedía. Dicen en el Ayuntamiento, y les creo, que no los encuentran. Supongo que su misiva será similar a la enviada por los sindicatos, sin documentación adjunta y sin necesidad de argumentar mucho porque saben que era, al menos, un esclavista y con esto ya les basta.

Agradezco que me atendiesen tres de sus miembros. Después de un largo cambio de impresiones me fui sin la documentación que deseaba, pero me llevé una idea clara de sus posturas. De entrada, no necesitaban saber mucho del personaje a retirar, pues quien llevaba la voz cantante confundía Trasatlántica con Transmediterránea; me remitía a un libro sobre la reina madre María Cristina; y aseguraba que el Banco Sabadell estaba cimentado con los beneficios de la esclavitud; en referencia a que Claudio Güell Churruca (¡biznieto de Antonio López!) fue uno de los fundadores del Banco Atlántico (1946), adquirido/absorbido por el Banco Sabadell (2003). Tanto da. Sos-Racismo tampoco entra en disquisiciones de si el negocio esclavista de López fue o no legal, ni si la compraventa de esclavos fue abultada o no. Tampoco ponía en valor su ingente labor empresarial tras dejar Cuba, ni los beneficios que supuso para Barcelona. A esta oenegé le bastaba con que él hubiese sido acusado de esclavista durante unos años para retirarlo del espacio público sin más contemplaciones. Quizá en referencia a las objeciones que puse durante la conversación, cuando me iba oí de soslayo como uno a otro le decía: “Esto demuestra que nos queda mucho por hacer”. Pues, sí. Su militancia contra la esclavitud va a grupas del anticolonialismo y antiimperialismo que no se para en barras: el descubridor (Colón) es un colonialista; el conquistador (Pizarro), un imperialista. No se libraría ni el general Prim (bando contra la raza negra, Puerto Rico, 1848). Sin duda, la llegada a Europa Occidental de emigrantes de razas ex esclavizadas y procedentes de ex colonias ha sido un fuerte revulsivo para que miremos de modo muy distinto, desde el respeto a los derechos humanos, nuestra historia, con sus leyendas y estatuas. ¿Qué hacer? Laminar o conservar. Mejor no improvisar. En el caso del monumento a Antonio López en Barcelona, el Ayuntamiento ha decidido retirar su nombre e imagen del espacio público.

Llevo dos meses y medio pidiendo al consistorio (van tres instancias) la documentación y argumentos relacionados con la decisión tomada. Lo único que he recibido, sin haberlo solicitado, es un correo electrónico con los antecedentes del monumento en el Plec de prescripcions per al concurs d´idees per la ressignificació i dinamització de la plaça d´Antonio López, en Barcelona, remitido por el Consejo Asesor de Arte Público (Museo Marès), organismo dependiente del Ayuntamiento. Tras hablar por teléfono con dicho Consejo, sólo me queda esperar, dicen, a que Rodrigo Alharilla les remita la bibliografía o documentación que le han pedido. Lo que me barrunto es que la decisión de retirar al Marqués de Comillas se tomó motivada por las peticiones de los sindicatos y de Sos-Racismo, entre otros, y por el dictamen apresurado de algún experto. Desconozco si cotejaron la documentación aportada, si es que tenían alguna sobre la mesa. Aun no sé nada. El Ayuntamiento está en su derecho de retirar esta estatua con sólo aplicar su voluntad política, pues no está protegida ni como bien cultural de interés local. A lo que no tiene derecho es a retardar y velar la trasparencia administrativa a quien desee conocer las acusaciones, pruebas y argumentos que avalaron eliminar a López del espacio público de la capital. Habrá que esperar para cerrar este artículo. Queda para cuando se pueda. 

 

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