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NEGOCIOS E INICIATIVAS INSEGURAS EN LOS PUERTOS DEPORTIVOS

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JUAN ZAMORA 25/07/2014

Blog: "El barógrafo"

Hace dos semanas un diario de Barcelona, La Vanguardia para decirlo todo, publicó un notireportaje que el autor titulaba acusando al Port Olímpic de no hacer nada para impedir la práctica de los botellones a bordo de barcos que salen del puerto. El negocio consiste en embarcar a unos cuantos turistas jóvenes, de esos que llegan a millones a la otrora recatada Barcelona, y darles todo el alcohol que sean capaces de trasegar mientras suena una música de guerra estelar y bailan y gritan y se achuchan.

El director del Port Olímpic escribió al diario explicando que sus atribuciones no alcanzan, ni de lejos, para impedir esas fiestorras marítimas, party boat las llaman. Ni siquiera tiene competencias la dirección del puerto para obstaculizar ese negocio, uno más en el rosario de iniciativas buscavidas que han encontrado acomodo en los puertos deportivos y turísticos.

A algún emprendedor -una palabra bendecida por quienes tienen poder para ello- se le ocurrió un día alquilar las literas de su barco, un bed and breakfast original, en el puerto más moderno y marchoso del Mediterráneo. Hay unos cuantos en el Port Olimpic. Alojamiento barato, sin engorros burocráticos, con la emoción añadida de compartir un pequeño espacio con un desconocido, quizás un apasionado guaperas griego, o una sueca rubia de piernas rectas y tobillos finos. Sin trámites burocráticos, todo simpático, amistoso, rompedor y contracultural, es decir smart, friendly and cool. Si viene la policía, les advierten, vosotros sois amigos del dueño, o sea amigos míos, que estais pasando unos días de visita en esta ciudad encantadora.

También son amigos del dueño los usuarios de los botellones marítimos, clientes reclutados discretamente a través de los múltiples canales con terminales o sensores en el océano turístico que ha convertido Barcelona -ya falta poco- en un parque temático. 

A los turistas les fascina Barcelona, ya digo, una ciudad emocionante, con la mejor playa ciudadana del mundo, la Barceloneta, y una arteria donde hay de todo a todas horas, con capilares que se adentran en calles estrechas, pero limpias y casi seguras, en las que se puede conseguir un subidón, un viaje o un sencilla borrachera por un precio razonable. Y ligues, merodeos y sexo a discreción. También está Gaudí y esas cosas que no están mal para un día, el Museo Picasso por ejemplo, visitas de cortesía obligada, o casi, como la visita a los parientes, en su caso, para hablar del tiempo y de las compras por el Paseo de Gracia.

El Port Olímpic no es la Rambla, pero también está marcado en verde por todas las agencias y touroperators que traen a los millones de turistas. Y esos turistas despiertan el ingenio de los emprendedores, de modo que los party boat y las camas calientes han proliferado. Sin control, todo en negro, ignorados por el fisco, y lo que es peor provocando riesgos de todo tipo, pero especialmente de incendio, porque muchos fuman -les gusta fumar a la luz de la luna aunque sea tabaco común y silvestre- y algunos montan barbacoas que se huelen a varios kilómetros a la redonda.

¿No puedo hacer yo en mi barco lo que quiera, dentro del respeto a la ley? ¿Acaso no he pagado el amarre? ¿Está prohibido beber, o comer carne asada? ¿He de decirles a mis amigos que no pueden subir a bordo, a mi barco?¿No están los empleados del puerto para facilitarme las cosas en vez de tocarme las narices con controles? ¿Son ellos policías, o qué? 

Algún día habrá que regular con precisión los deberes de los amarristas y las competencias de los gestores de los puertos. Por razones de seguridad contra incendios, ante todo. Y habrá que hacerlo sin esperar a que se produzca una desgracia.

Volvamos al inicio. A los pocos días de publicada la noticia sobre el desbarajuste de los botellones marítimos que el puerto no controlaba, el mismo diario insistía en la información, esta vez, sin embargo, ya no era el puerto el despistado, sino el Ayuntamiento. Pero con un matiz de enorme importancia. El titular contra la dirección del puerto era claro y rotundo: el puerto no controla... Y el titular sobre el Ayuntamiento era amable y florentino: el Ayuntamiento controlará... ¡Ah, la prensa y los periodistas!

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