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MUJERES ROMPEHIELOS

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LUZ BAZ 08/03/2018

Blog: "Noroeste"

Para que un barco sea considerado rompehielos requiere tres componentes: un casco especial reforzado, una forma del casco que le facilite dispersar el hielo y la potencia suficiente para abrirse paso. Esta es la sencilla definición de “buque rompehielos” que podemos encontrar en Wikipedia. Desde principios del siglo XX, primero la Unión Soviética y luego otros países bálticos desarrollaron buques especializados en abrir rutas en mares y ríos totalmente congelados y facilitar el paso a los buques mercantes.

Hoy, en marzo de 2018 la noticia es que el carguero de gas natural ‘Eduard Toll’ acaba de hacer historia al ser el primero en completar la conocida como Ruta del Mar del Norte (a través del estrecho de Bering) en invierno y sin el apoyo de un rompehielos.

Permítame el lector que utilice este símil, quizás desafortunado por lo que al medioambiente se refiere, para exponer mi opinión sobre el rol de la mujer en la marina mercante.

Sabemos que, y esto es un hecho, no una opinión, durante siglos, desde los orígenes de la navegación, no sólo la Historia sino también la literatura marítima ha mostrado o reflejado un dominio absolutamente masculino. No es hasta la primera mitad del siglo pasado cuando las mujeres, muy tímidamente (en número) comienzan a integrarse en el sector.

Anna Ivanovna Shchetinina (1908-1999) la soviética que en 1935 se convirtió en la primera capitana de la marina mercante; la canadiense Molly Carney (1916-2009) primera mujer capitana de Norteamérica; la inglesa Victoria Drummond (1894- 1978) primera jefa de máquinas; o la finesa Lena Ringbom, primera mujer que trabajó en cubierta, con 16 años,  son internacionalmente las pioneras.

¿Debemos incluir en esta lista a Radhika Menon? En mi opinión sí. Ella ha sido la primera mujer cuya labor como capitana ha sido reconocida por la OMI, recibiendo en 2016 el Premio por su Valentía Excepcional en el Mar. Es decir, la primera mujer en haber sido premiada como capitán/a, por su profesionalidad, no por su condición de mujer, ya que, como ella misma reconoció al recoger el premio “sólo estaba haciendo su trabajo”

En España, no fue hasta 1979 cuando se permitió a las mujeres estudiar la carrera de Náutica. Ángeles Rodríguez Bernabeu fue la primera alumna de Náutica española, y la primera piloto de la marina mercante, en 1984. Idoia Ibáñez es la primera mujer que logró ser capitán y María Cardona la primera oficial de máquinas.

Estas son algunas de las “mujeres rompehielos”, mujeres  que han abierto un camino a las demás, son referentes y creo que es fundamental darles visibilidad.  Hay más, cada una de las mujeres que embarca por primera vez en un barco de hombres o accede a un puesto de mando o responsabilidad en el sector marítimo, tiene por delante una batalla, más o menos naval, para romper estereotipos que aún perviven.

En Octubre de 2015, Macarena Gil era nombrada práctico del puerto de Algeciras, convirtiéndose en la primera mujer en ejercer esa profesión en España (y la única hasta la fecha, entre los 240 prácticos que ejercen en nuestro país). En un artículo publicado en el Diario de Huelva con tal ocasión, Macarena afirmaba “…está claro que todos, hombres y mujeres, podemos hacer los mismos trabajos, igual de bien y de mal…”  Y este es, para mí, el punto de partida. Es urgente y necesario que se reconozca nuestro trabajo como profesionales, que se nos valore o critique como tales, que se enfoque la mirada hacia la profesionalidad o ausencia de la misma, hay que dejar de ver a las mujeres como representantes de un colectivo (el de las mujeres) y verlas como una persona, competente o incompetente, sin más.

Las “mujeres rompehielos” a las que aludía, en línea con la definición del barco en cuestión, han tenido que ser especiales, han tenido que reforzarse  y demostrar que tenían la potencia suficiente para abrirse paso.

Creo que la verdadera igualdad se alcanzará cuando esas demostraciones reforzadas no sean necesarias, cuando las mujeres, como los hombres, tengan derecho a ser excelentes, pero también mediocres. ¿No deberíamos tener, como ellos, derecho a la mediocridad? Cuando un hombre es incompetente en su trabajo, lo es (incompetente) sin más, pero con frecuencia, en este tipo de profesiones todavía masculinizadas, cuando una mujer es incompetente (y las hay) lo es “por ser mujer”.

Podríamos afirmar que el sector marítimo ha sido el laboratorio de la globalización, es probablemente la industria más diversa culturalmente, sin embargo, varias décadas después de su incorporación, la mujer está todavía muy poco representada, las mujeres siguen siendo minoría, especialmente si analizamos su presencia a bordo.  

El primer estudio global sobre la materia fue publicado en 2003 por la OIT, Women Seafarers: Global Employment Policies and Practices, y desarrollado en colaboración con el Seafarers International Research Centre (SIRC), de Cardiff. Otras entidades han ahondado en la investigación, entre ellas la OMI,  WISTA, la ITF, la ISF o la WWU.

El estudio de la OIT estimaba  que las mujeres representaban solamente el 2% de la fuerza de trabajo marítimo mundial, quizás los números hayan mejorado un poco, pero lo cierto es que  la mayoría de ellas trabaja  en buques de pasaje, cruceros (26%) y ferris (68%)  y lo hacen en los trabajos menos cualificados, en los departamentos de catering y servicio a bordo, lo que las hace aún más vulnerables. Sólo un 7% de ellas son oficiales.

A pesar de que los problemas identificados en los estudios  varían notablemente de unas regiones a otras,  del tipo de barco y de la labor a desempeñar, puede afirmarse que, en términos generales, sigue habiendo serias dificultades para el acceso de muchas mujeres a la educación y profesión marítimas; existen todavía países que vetan el acceso de las mujeres a las carreras náuticas  y navieras que no las contratan, a veces por el convencimiento de que las mujeres trabajarán a bordo por un periodo de tiempo inferior a los hombres; y cuando acceden, no siempre cobran lo mismo que sus compañeros en la misma posición. La promoción profesional es, en muchas ocasiones, más difícil para las mujeres; pese a que hay cada vez más compañías y compañeros que entienden la diversidad como un valor, hay serias dificultades en muchas empresas del sector. Es dramático que sean todavía demasiado frecuentes los casos en que las mujeres tienen que enfrentarse al sexismo, la intolerancia y el acoso.

La discriminación, por tanto, existetodavía y quedan millas por recorrer. Sin embargo, yo quiero ser optimista, creo que una educación libre de prejuicios, la visibilidad de la profesión en general y de los referentes femeninos en particular y el esfuerzo público y privado en esa dirección, hará llegar a más mujeres a la industria, ellas serán el futuro de la profesión y ayudarán a mitigar la falta de oficiales que existe a nivel mundial. Ya no tendrán que ser mujeres rompehielos y dejarán de ser noticia, porque, como reza el slogan de WISTA para los próximos años: ellas serán las mujeres que muevan el mundo.

En definitiva, yo creo que la igualdad real, de derechos y obligaciones, entre hombres y mujeres está íntimamente relacionada con la libertad, y quizás condicionada por ésta. Las mujeres, como los hombres, tienen que ser –y sentirse-  libres de embarcar o no; de acceder a puestos de mando y responsabilidad; de tener hijos o no tenerlos, de confiar su cuidado a la pareja o hacerlo en exclusiva; de ir a la huelga o matarse a trabajar; de opinar o estar calladas; libres de dar explicaciones o no darlas, sin más, porque hasta entonces, en mi opinión, no habrá igualdad.

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