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MARINOS DE ALTURA (3): LUIS JAR TORRE

  • Gente del mar
  • Comunidad portuaria

NAUCHERglobal, Miguel Aceytuno 09/03/2019

Este mundo es cada vez más pequeño, para lo bueno y lo malo. No cuesta encontrar información en internet sobre cualquier tema, aunque a menudo se trate de las mismas tres o cuatro líneas mil veces copiadas y llenas de errores. Los análisis son cada vez más superficiales, pensados para ser leídos –o aún peor, vistos en YouTube- por un público necesariamente generalista para conseguir muchos “hits” y muchos “loves”, que es lo que priva ahora. Pero aún quedan por ahí rincones como la aldea de Astérix donde, inasequibles al desaliento, algunos intentan seguir publicando material original y de calidad.

Cuando no puedes soportar más gifs animados de gatitos o videos con “los diez x (rellenar con lo que toque) más de lo más” es conveniente dejarse caer por remansos como la página de Grijalvo, el amanuense de los que saben, para no perder la fe en que Internet, aunque parezca mentira, aún tiene cosas buenas.

Ahí, años ha, encontré una serie de artículos escritos por Luis Jar Torre. Tardé exactamente el tiempo de leer el primer párrafo de “La chapuza del submarino ruso” en hacerme fan.  Bueno, la verdad es que me sentí un poco culpable. ¿Cómo era posible que estuviera sonriendo de placer y de contento cuando lo que me estaban contando eran duelos y quebrantos de hermanos en la mar?

Don Luis es un magnífico relator de naufragios. Así en frío suena como un poco raro, pero dejen que me explique: hay dos cosas que lo hacen único y que uno solo desee leer más de tales penas. Primero, su pluma y su retranca. Posee un humor más negro que el chapapote que hace que sientas vergüenza ajena de tí mismo al disfrutar con los azares de colegas. Como bien saben los lectores, nada más seco que la descripción de un siniestro en lenguaje forense. Nada de eso hay en la obra de don Luis: la pluma es ligera, y la ironía asegurada. Sus descripciones de quienes habitan los puentes de mando además de certeras son de una gran humanidad. Y segundo, el calado de sus investigaciones. Gráficos de mareas, carta electrónica, pantallazo del radar… toda pista se husmea con el olfato de Sherlock Holmes. Minuto a minuto se siguen los hechos anteriores a la tragedia, sin severidad, pero con rigor, que la mar no permite errores.

Sacristán antes de fraile: antes de ser capitán de fragata de la Reserva Naval Activa fue oficial de la mercante. No se nos ocurre un perfil mejor para desmenuzar estos temas. Escrito por y para profesionales, pero al alcance de todos los públicos que sepan leer los buenos textos, además de disfrutar, por supuesto, de esos gifs de gatitos tan monos que forman el noventa por ciento de internet.

Su obra abarca desde el siglo XVI (“Viaje Alucinante”) hasta nuestros días (“Costa Concordia”), pasando por la explosión del carguero CABO MACHICHACO, en Santander, o cuando el portaaviones EISENHOWER quiso atracar encima de un mercante español. Mareas negras como el PRESTIGE, o un recuerdo al URQUIOLA tampoco faltan en sus páginas. Alguno de mis lectores tal vez se entristezca al rememorar al capitán Castelo o se lleva la gorra ante el.

Qué quieren que les diga. El motivo básico por el que el que suscribe aporrea teclas no es (desgraciadamente) hacerme rico, ni siquiera pagar la hipoteca, sino primero aprender, y segundo conocer gente maravillosa. Hoy creo que he dado en la diana. Ah, por cierto, antes de que me olvide: las novedades de Luis Jar aparecen en la Revista General de Marina, pero posteriormente pueden encontrarse recopiladas en la página http://www.grijalvo.com/

 

¿Qué lleva a una persona con tan sólida carrera en la mar a caer en el vicio de escribir, tan lleno de duelos y quebrantos? Tienes razón al decir que es un vicio: si te fijas en las primeras páginas de los libros, verás que están llenas de peticiones de perdón de los autores a su familia por el tiempo robado, y el tiempo es la materia prima de nuestra vida. En mi caso, lo de escribir fue una mezcla de compulsión y adaptación al medio: en los barcos era el típico “contador de batallitas” y, ya en tierra, descubrí que si las ponía por escrito debían parecer más “respetables”, porque los mismos que huían de mi verborrea se tragaban lo que escribía sin pestañear. Como en el fondo solo escribo “batallitas náuticas”, pues todos contentos.

Un pajarito me dice que procede que nos contara alguna de sus aventuras de cuando estuvo destinado en La línea. ¿En serio crees que te hablan los pajaritos? No me digas que a ti también te tocó hacer más de una campaña al Pérsico. Si quieres, te puedo pasar el teléfono de una psiquiatra que, además de buena amiga, es una persona muy discreta. Luis Jar es célebre por el arduo trabajo que se toma para escribir cada uno de sus artículos. Cartas, diagramas, fotografías retocadas para mejor explicar el tema. ¿Cuánto tiempo le lleva cada uno? Cuando empecé me llevaban unos dos meses, pero ahora me llevan más del doble, en parte porque se me agravó la obsesión de no cagarla, en parte porque hago los gráficos en plan artesanal y en parte porque debo estar perdiendo facultades. De hecho, me temo que hace años era mucho más divertido. Además, últimamente me “secuestran” para dar conferencias, y para colmo cuando estoy trabajando al 110% a veces gruño a los humanos que me rodean, así que he reducido la producción a un artículo al año.

Años de mando, primero en la mercante, después en la reserva naval. Si algo aprende uno, imagino, es que la mar no da medallas… y que ahí arriba se está muy solo. Bueno, mando, mando… digamos que lo mío en la Mercante fue “mandito”, como mucho alguna “comisión” a tierra en bote salvavidas. Contando la fase de agregado estuve ocho años, y en ese periodo me dio el tiempo justo de terminar los días de capitán y alcanzar la dignidad de segundo oficial, porque navegaba en el grupo Pereda, en unos buques relativamente grandes y cómodos donde se vivía y se cobraba comparativamente bien, pero los capitanes y buena parte de los primeros peinaban canas. En la Armada, paradójicamente, sí que hice algún pinito como comandante accidental a flote, y bueno, también mandé durante doce años varias ayudantías, y hasta me tocó ser comandante naval (interino) de mi pueblo, así que no puedo quejarme de mi actual “naviera”. En mi opinión lo de mandar es vocacional, y hacerlo bien más allá de la mera supervivencia exige dedicación y mucho arte, que dirían en Andalucía; la mejor medalla que puedes obtener es dejar una estela de eficacia con tus superiores y buen ambiente con las personas que tienes a tu cargo. El arte consiste precisamente en acertar con la proporción. 

Luis Jar es capaz de contarnos algo tan triste para un marino como un naufragio con una retranca del todo intemporal. Ese humor un tanto negro es firma de la casa. Le pregunto si ayuda eso a pasar las penas. Un comandante muy querido para mí me decía que, en presencia de un accidente, el humor inglés permitía comentar el mal gusto de la corbata de la víctima sin por ello faltarle al respeto. El humor ayuda a sobrevivir, y reírse de uno mismo es una de las armas más sofisticadas de la mente para salir de un apuro que, con otro enfoque, podría llevarte a ti y a quienes te rodean a la depresión o al pánico, y todos sabemos que el pánico está mal visto a bordo de los buques, porque los gritos impiden descansar a los salientes de guardia. 

Sus trabajos cubren todo el siglo XX. ¿Vamos a mejor en este siglo XXI o crees que tendrás que seguir empuñando la pluma en nuevos artículos para escribir sobre los nuevos desastres de las Altas Tecnologías? ¡Al fin te has animado a tratarme de tú! Respondiendo a la pregunta, llevamos sufriendo desastres de “alta tecnología” desde la Torre de Babel, y cada vez que inventamos un “gadget” creemos haber descubierto el Mediterráneo. Cada “alta tecnología” tiene sus propias catástrofes, que no por ser de alta tecnología son menos catastróficas. Si hacemos una estadística de la Lanzadera Espacial, veremos que sus ocupantes tenían una tasa de mortalidad aterradora, e incluso una tecnología tan segura como viajar por el aire no lo es tanto si computamos la siniestralidad por horas a bordo del vehículo en lugar de distancia recorrida. En la mar aún tenemos pendiente de comprobar qué ocurre realmente cuando un mega-gasero cargado se destripa contra un acantilado: no será el fin del mundo, como no lo fue el AMOCO CÁDIZ, pero nos hará un poco más más sabios. Si se me permite (como a Umbral) “hablar de mi libro”, el último artículo que escribí trataba de un “casi” ocurrido en España sobre este tema, y ahora mismo está a punto de salir el siguiente, aún más doloroso porque la confianza ciega en una alta tecnología de pacotilla llevó a un capitán a meterse en un huracán con un barco de 241 metros de eslora, con el resultado de que la mar se tragó el barco y todos sus ocupantes.

Ha de ser hasta cierto punto deprimente descubrir cómo un momento malo puede echar por la borda la carrera profesional de largos años de duro trabajo. Sin duda toca el corazón de sus compañeros más caritativos, y también la cartera y el ego del afectado: todos conocemos o hemos oído hablar de capitanes que dejaron de serlo tras un mal día que, en ocasiones, había estado precedido de una semana extenuante o una campaña deplorable. El problema es que ahora el “respetable” exige el descuartizamiento público del culpable, real o imaginario, y el criterio de los responsables políticos puede verse afectado por el calendario electoral.

En el artículo sobre el desastre del PRESTIGE afirmabas que “los marinos de cierta edad tendemos al pesimismo”. Pero sin duda hay historias que nos conducen al optimismo y nos reconcilian con la humanidad, supongo. Por supuesto, personalmente me impactó la actuación del capitán de EL FARO, al que se refiere el artículo a punto de salir, en sus últimos minutos de vida. Era el típico “viejo” que, por decirlo finamente, te podía caer gordo por más de un motivo, pero cuando dio su última orden y se dispuso a morir en el puente del barco, demostró una compasión y una hombría de bien con el timonel que le acompañaba en ese trance que me dejaron anonadado. Aunque la escena quedó grabada en audio, dudo mucho que actuara para la galería, porque tenía que saber que con el modelo de caja negra que llevaba a bordo la grabación se iba a perder con el barco, y la cadena de eventos que permitieron recuperarla era inimaginable. Por razones de espacio y hasta de corrección política (sé lo que digo) pasé de puntillas sobre el tema, pero el que quiera saber más y tenga conocimientos y estómago para digerirlo, puede descargarse la transcripción íntegra y datos complementarios de los afectados, o pedírmela directamente. 

Aquí lo dejamos, no sin antes reiterar que merece la pena, aunque sea harto sabido, analizar cuan terrible puede ser a veces esa mar y esos barcos que tanto amamos. Y a ser posible leerlo en los relatos de Luis Jar Torre.

 

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