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MARINOS DE ALTURA (2): ELÍAS MEANA DÍAZ

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NAUCHERglobal, Juan Zamora 24/02/2019

Elías Meana Díaz posee ese aire patricio que otorga un bigote níveo, sin recortes, una mirada tolerante y un vestir sin estridencias coronado por una boina barojiana. Allá por 1998 ganó la segunda edición del Premio Nostromo de literatura marítima con una novela brillante, “María la bonita”, una goleta del siglo XVIII a la que Meana convierte en el escenario de la historia de trabajo, esfuerzo y aventura de unos tripulantes perfilados con la palabra justa y la expresión certera.

Ese premio estuvo dedicado a Manuel Deschamps, “el capitán de la Compañía Trasatlántica al mando del paquebote MONTSERRAT, que forzó el bloqueo norteamericano de Cuba durante la desgraciada guerra de 1898”, como escribió hace unos días Joan Cortada en NAUCHERglobal. Yo formaba parte del jurado que le concedió el galardón y tuve ocasión de conocerle en la Escuela de Náutica, donde se ofició la entrega del premio. Elías Meana rebosaba satisfacción por el éxito y por celebrarlo en la escuela donde acabó sus estudios.

“Te acercas a Navia y nos conocemos. ¿Te parece bien?”, le propuso Santiago Martínez Cañedo, el idealista capitán de la marina mercante que estaba armando la goleta IDUS DE MARZO para una expedición a la Antártida. Corría el año 1982, el año del cambio, el de Felipe González ganador de las elecciones de octubre por mayoría absoluta. Elias Meana (Salamanca, 1 de junio de 1946), tenía entonces 36 años, había estudiado Náutica, especialidad Radiotelegrafista, en Cadiz y Barcelona, había navegado en Neasa, en Vapores Costeros y en Vicente Suárez y Compañía, para recalar finalmente en 1976 en la red de estaciones costeras del Servicio Marítimo de Telefónica.

Elías Meana fue a Navia, pidió a Telefónica un permiso de tres meses y se embarcó en la aventura del viaje a la Antártida en el IDUS DE MARZO; ignoraba entonces que ese primer viaje le habría de franquear la puerta para sucesivas expediciones a partir de 1986, cuando le llamaron de la Dirección General de Cooperación Técnica Internacional para invitarle a formar parte del equipo que construyó la base antártica Juan Carlos I, la primera con la que contó España en aquel continente. Volvió al año siguiente como jefe de base y repitió en dos ocasiones más al frente del equipo técnico encargado de seguir ampliando la instalación, cuya jefatura ahora estaba a cargo de Josefina Castellví, la primera mujer responsable de una base antártica, una prestigiosa científica y una persona excepcional con quien Elías Meana construyó una gran amistad y a quien sigue admirando.

De las estaciones de onda corta de Aranjuez y Pozuelo, donde empezó como operador, pasó en 1980 a la dirección del Servicio Marítimo en el que permaneció hasta su prejubilación en 1998, con 53 años. De este largo y fructífero periodo, destacaría que, durante los últimos años, formé parte de la Delegación Española ante la Unión Internacional de Telecomunicaciones, donde entre otros asuntos, me tocó formar parte de los grupos de trabajo en los que se desarrollaba la técnica y operativa del entonces todavía futuro Sistema Mundial de Socorro y Seguridad Marítima, que significó la desaparición de los radiotelegrafistas a bordo. Todavía me duelen aquellas jornadas en las que, inevitablemente, contribuía a la extinción de lo que tanto quería.

Ya jubilado, casado y sin hijos, empezó la exitosa carrera literaria de Elías Meana. Su primera novela se llevó el premio Nostromo. Luego vinieron “Ganando barlovento”, “Capitán de fortuna”, “Entre dos banderas” y “Los silencios de Atlántico”. Con estas dos últimas, basadas en hechos reales, he pretendido dar luz al desconocimiento que existe acerca del papel que los marinos mercantes, jugaron tanto durante nuestra Guerra Civil, como en la Mundial. Además de literatura marítima, Elías Meana, motivado por la experiencia antártica, ha escrito “El Piloto Azul”, ¡Intrusos!, y “Aventura en el Mar Helado”, una trilogía dirigida a los más jóvenes con el fin de que conozcan la Antártida y la protejan.

Esa es otra de las características de Elías Meana, su afán de justicia, su arraigado sentido de la fraternidad. En 1998, patrocinado por Fundación Telefónica, desarrollé y llevé a cabo el proyecto Zaire, cuyo propósito era dotar a misioneros y organizaciones no gubernamentales con equipos de radio que les permitieran comunicarse entre ellos y, sobre todo, con la potente estación de la embajada española en Kinshasa. Zaire estaba en plena guerra civil, y aunque ya existía una pequeña red de comunicación por radio fomentada por el propio embajador, las carencias eran enormes. Volvió al año siguiente, llegamos a instalar 28 pequeñas estaciones de radio, algunas de ellas capaces de comunicar directamente con España gracias a los medios técnicos y operativos que Telefónica puso a disposición del proyecto. Había misioneros, mujeres la mayoría, que llevaban años sin hablar con sus familias. Nunca he tenido mejores alumnos, con cuatro lecciones eran capaces de enlazar con España. Elías Meana, ahora plenamente dedicado a la escritura, recuerda con pasión sus vivencias africanas. ¡Qué pena volver a África tras muchos años, y seguir viendo tanta, o si cabe más calamidad! ¡Qué coraje y que gran humanidad la de los hombres y mujeres que allí tratan de paliarla!

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