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LA SENTENCIA DEL PRESTIGE MARTIRIZA AL FISCAL GARCIA

  • Prestige

NAUCHERglobal, Juan Zamora 13/11/2013

Esta mañana, en la sede del Tribunal Superior de Justicia de Galicia, antigua sede de la Audiencia Provincial de La Coruña, el magistrado Juan Luis Pía Iglesias, presidente del tribunal, ha leído un resumen ad hoc de la sentencia que por el momento sella el correoso, largo e innecesario proceso penal.

El magistrado Pía leía la sentencia en gallego, pero era inentiligible incluso para los que hablamos el portugués de forma fluida, de modo que era mejor acudir a la traducción en español, esta sí clara y limpia. La sala, de techos altísimos, con una decoración casi minimalista en la que destacaba la palabra LEX, prestaba al acto cierto donaire, una prestancia diríase que impostada o forzada al menos. Frente al altar que utilizaba el tribunal, en dos filas simétricas a lado y lado, a modo catedralicio, se sentaban una cincuentena de abogados, representantes de las partes que han intervenido en este juicio, y el representante del ministerio público, el fiscal Álvaro García. Tras una reja de separación de poca altura, que separaba claramente los espacios, el público asistente, quizás un centenar de personas, oía la lectura sentado en los bancos colocados hasta el fin de la sala.

A medida que el magistrado Pía, ufano por la ceremonia que estaba protagonizando, avanzaba en la lectura de la sentencia, el fiscal Garcia demudaba el rostro, cerraba su cuerpo y componía el gesto de un hombre derrotado, abatido, martirizado por lo que no podía dejar de escuchar. El tribunal absolvía de todo cargo penal y de la responsabilidad civil consecuente, al capitán y tripulantes del PRESTIGE, y absolvía también a José Luis López Sors, ex director general de Marina Mercante. Para que la fiesta no fuera completa, o para que no surgieran malpensados que murmuraran con razón que para este final no hacían falta tantos años de instrucción, el tribunal decidió condenar a Apóstolos Mangouras, capitán del PRESTIGE, a nueve meses de prisión por el delito de desobediencia, un delito falaz, un feo invento sin base alguna, que precisamente el fiscal García, el justiciero que pedía doce años de prisión para Mangouras y cuatro mil millones de indemnización, desechó en su alegación final. Una derrota, la del fiscal, sin paliativos, una derrota traumática. Hay que añadir que la condena de nueve meses a Mangouras constituye un brindis al sol, sin ningún efecto práctico.

Acabada la ceremonia lectora, los abogados del Estado, Consuelo Castro y Javier Suárez salían sonrientes. Ella había conseguido que su defendido fuera absuelto; él, la absolución indirecta del Estado. Ambos, además, han dejado en los largos meses del juicio una impresión de juristas serios, rigurosos, brillantes en muchas ocasiones. 

A los abogados de Mare Shipping, María José Rodríguez Docampo, y del capitán Mangouras, José María Ruiz Soroa, se les veía satisfechos, vencedores indiscutibles frente al dragón Khan, un chisme infernal, en que se ha convertido el Estado español. 

El abogado Trepat, de Nunca Mais, salía algo más cariacontencido, pero hemos de tener en cuenta que Pedro Trepat lleva de forma permanente un posado austero, adusto y en ocasiones casi sufriente. 

Entre los demás diríase que había cundido el pánico o la confusión, y sus rostros denotaban perplejidad, o cabreo jurídico, muchos no entendían qué había pasado y mucho menos cómo y por qué. Quizás algún dia.

El magistrado Pía, sin embargo estaba exultante. Con su sentencia, que tiempo habrá de analizar en detalle, había dado un golpe valeroso.

La sentencia, en una primera lectura, me ha dejado el regusto de los textos sin cocer, superficial aquí, incoherente allá, cosido con un débil hilván en partes sustanciales. Veamos. Un puntal de la sentencia, por no decir el puntal, sostiene que no sabemos cual es la causa de la primera avería del buque, y ese desconocimiento permite exonerar con justicia a los acusados de cualquier responsabilidad, ya que difícilmente podemos imputar a alguien algo que no sabemos por qué ha sucedido. Bien. Pero, por favor, el tribunal no puede desconocer que la norma específica aplicable a la emergencia que abrió el PRESTIGE, el Plan Nacional de Contingencias por contaminación marina accidental (Orden del Ministerio de Fomento de 23 de febrero de 2001), prescribe claramente la obligación de las autoridades marítimas de realizar una completa evaluación de los daños del buque siniestrado como paso previo a la elaboración de un plan de salvamento. Las autoridades españoles incumplieron esa obligación y nunca realizaron un informe de los daños que sufría el PRESTIGE, de modo que si no sabemos lo qué ocurrió ello es enteramente imputable a una fatal negligencia de dichas autoridades.

Dos. Con una argumentación de andar por casa en zapatillas, la sentencia desparrama en varias partes la especie de que el buque estaba mal conservado, mal mantenido. Quienes sostuvieron tal extremo en el juicio fueron menos y menos creíbles, por su situación respecto al Estado o al Gobierno, que quienes afirmaron lo contrario. El PRESTIGE era un viejo petrolero, sin duda, pero su estado de mantenimiento no tenía nada de indecoroso. Repsol, lo había vetado para sus fletes, cierto, pero Texaco lo había aprobado en fecha más cercana al siniestro. En cualquier caso, no quedó demostrado en el juicio, ni mucho menos, que el buque tuviera un mantenimiento deficiente.

Seguiremos hablando con calma de la sentencia. Entre tanto, una confidencia: hemos ganado. Lo siento por el fiscal García, que finalmente ha visto retribuida su altanería y su ignorancia con este severo correctivo.

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