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LA RELACIÓN DE LOS PUERTOS CON LOS AYUNTAMIENTOS EXTRAVAGANTES

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JUAN ZAMORA 25/10/2015

Blog: "El barógrafo"

En las pasadas elecciones locales alcanzaron el poder municipal una serie de coaliciones políticas alejadas de los partidos tradicionales, el PP y el PSOE como paradigmas, con unos dirigentes peculiares y unos comportamientos en apariencia muy diferentes de lo que era usual hasta ahora. Ese cambio se produjo en Barcelona, en Cádiz y en A Coruña como ejemplos más destacados. El caso de Madrid, con la gran Manuela Carmena, es una historia muy diferente; y el de otras ciudades portuarias (Valencia, por ejemplo), carecen de la nitidez extravagante de quienes dirigen los tres Ayuntamientos mencionados.

Muy probablemente poco tienen en común los casos de Barcelona, Cádiz y A coruña, pues estamos hablando de conductas personales y de culturas políticas en agraz, todavía muy subjetivas. Como la situación que mejor conozco es la de Barcelona, me referiré a ella, y que los lectores apliquen lo que crean pertinente al alcalde José María González, Chiqui, de Cádiz; y a Xulio Ferreiro y su marea atlántica, de A Coruña.

Una primera reflexión. Aunque estos movimientos políticos pretenden haber cambiado la política, pecando de un adanismo preocupante, en realidad y como mucho se han limitado a meros retoques formales: vestimentas casual, en ocasiones necesitadas de agua y jabón; expresiones que no formaban parte del lenguaje anterior; gestos protocolarios más o menos serios (algunos fracamente lamentables); etc.

La fórmula común que aplica el grupo Colau, de Barcelona, cuando hay que fajarse con un problema, a saber abrir un proceso participativo,no es más que un procedimiento de toma de decisiones que ya está en la ley y que han practicado todos los poderes que dependen de los votos e incluso muchos que aborrecen de cualquier proceso electoral. Nada nuevo, por tanto.

Cuando hay que concretar la puesta en marcha de la receta, determinando quienes han de intervenir en ese proceso participativo y cómo han de hacerlo, saltan todas las alarmas, pues por un lado, la rimbombante fórmula se limita a proponer lo que ya se venía haciendo, y cuando no es así, la novedad resulta más que discutible. Pongamos un ejemplo. Se debate qué hacer cuando acabe la concesión de un centro lúdico-comercial situado en el port/ciutat. Proceso participativo, proclama la concejal extravagante. ¿Quiere decir que se consultará a todas las asociaciones cívicas de la ciudad?, inquiere alguien, pensando que la decisión afecta al conjunto de los ciudadanos. Pues no. El proceso participativo propuesto se reduce al barrio donde manda la concejal (o concejala) y se dirige sobre todo a las asociaciones vecinales donde la concejal encontró más apoyo para su campaña. A ellos les dirige sus tuits, recuerden 140 caracteres como máximo, y ellos la jalean esperando sus favores. Todo muy viejo y casposo.

Hay quien piensa, sin embargo (mi amigo el blogero ilustre, por ejemplo), que estos movimientos significan un vuelco en la política que conocemos, que su aparente inoperancia es en realidad un fruto de nuestra incomprensión y nuestra resistencia al cambio. Los actores políticos han cambiado, me dice, y sólo eso ya es un avance. Tal vez. En todo caso, el comportamiento de estos politicos/as extravagantes respecto a los puertos, todos: comerciales, pesqueros y deportivos, hablo de Barcelona, constituye un error continuo causado por una ignorancia y una soberbia que auguran una enorme frustración ciudadana a medio plazo. ¿Se enmendarán? Confiemos.

Una concejal, me refiero a Gala Pin, de la Barceloneta, con un currículo tan pobre que se limita a apuntar que ha trabajado “en el sector tercero” (sic), no debería asistir a reuniones donde se han de tomar decisiones que exigen conocimientos previos para acertar con la mejor solución.

Lo nuevo de verdad sería que la concejal delegara en alguien competente y de su confianza, alquien que pudiera aportar opiniones autorizadas y no los disparates que va esparciendo la incultura evidente de la concejal. Pero no. Los políticos extravagantes quieren estar en todo, su soberbia les aconseja no delegar, no confiar. Ellos con la formula del proceso participativo a su gusto y medida creen que colman el cargo de espíritu democrático, cuando en realidad están perpetrando, quizas sin ser conscientes, una estafa política.

Todo muy viejo, similar a la situación que llevó al desencanto de 1983 y 1984, cuando descubrimos horrorizados que el cambio que nos habían prometido el dúo Guerra-González, buenos ejemplos para un estudio del adanismo político, se limitaba, o casi, a renombrar algunos ministerios (de Gobernación a Interior, por ejemplo), revisar unos cuantos procedimientos, simular una cultura democrática de escasos quilates (o directamente de cartón piedra), alterar algunos detalles formales convenientemente magnificados y, sobre todo, ocupar los puestos y los cargos vacantes. Una mejora exigua. Un cambio de enanos.

Esa historia, y otras que sería prolijo relatar, han producido el rechazo a la palabrería de los políticos y un peligroso desprecio por la política. Me temo que el cambio municipal de Barcelona va por el mismo camino.

 

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