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LA GOLETA ‘LA ELVIRA’. UN PRECEDENTE HISTÓRICO QUE VALE LA PENA RECORDAR

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NAUCHERglobal. Joan Cortada 21/12/2018

Según una reciente estimación publicada por la prensa escrita, durante el transcurso del presente año de 2018 unas 50.000 personas, inmigrantes ilegales magrebíes o subsaharianos, han llegado a España cruzando las aguas del estrecho de Gibraltar y el mar de Alborán. Esta cifra más que duplica la de las 20.000 llegadas en todo el año 2017. Conocemos el dato de los que, arriesgando su vida y en medios de navegación sumamente precarios, han conseguido su objetivo de llegar a costas andaluzas. El cómputo de aquellos que han perecido en el intento, ni se sabe; alguna ONG lo estima en más de 600.

Nos hallamos por tanto ante un drama humanitario escalofriante, paralelo al que está sucediendo en otros países del Sur de Europa, en particular Italia y Grecia. Un drama al que nuestras autoridades no parecen capaces de dar respuesta eficaz y, lo que es peor, nuestras sociedades nacionales asisten con una mezcla de sentimientos que de forma mayoritaria van de la incomprensión y a esgrimir soluciones -a cual más simplista- al pánico ante lo que muchos ven como un fenómeno equiparable a la “invasión de los bárbaros” en tiempos del Imperio Romano tardío. Un terreno abonado para el populismo, la demagogia y el afloramiento de lo peor de la naturaleza humana.

Cuando un observador desapasionado intenta diseccionar las reacciones de las diferentes opiniones públicas europeas ante esta migración incontrolada y, al parecer, poco menos que incontrolable, no puede por menos que hacer ciertos distingos. Que en Austria, Holanda, Hungría o Dinamarca se haya creado un cierto estado de alarma es, si no es razonable, por lo menos resulta comprensible dadas sus estructuras étnico-sociales sumamente estables, homogéneas y, si se quiere, esencialmente conservadoras en cuanto a las respectivas identidades nacionales. Otra cosa son los estados del Sur europeo, ribereños del mar Mediterráneo, donde precisamente el fenómeno migratorio forma parte indeleble de su ADN colectivo. ¿Es necesario recordar los muchos millones de italianos que a finales del siglo XIX y principios del XX se vieron forzados a emigrar a Estados Unidos o Argentina impulsados por el hambre? ¿Podemos olvidar las numerosas colonias de descendientes de emigrantes griegos, gallegos, catalanes, asturianos y de prácticamente toda España que subsisten en las principales ciudades del continente americano? 

Quizás convendría recordar, ante los que esgrimen las actuales pateras africanas para agitar a los sectores menos ilustrados de la sociedad y conseguir un puñado de votos, el caso de la goleta LA ELVIRA.

Sobre la peripecia de LA ELVIRA de tanto en tanto se publica algún recordatorio en los periódicos o en blogs especializados en temas náuticos. Generalmente, el relato publicado se repite de forma casi textual, por lo cual me ahorraré una enésima reiteración del mismo. Me voy a limitar a un breve resumen de lo sucedido y a subrayar sus similitudes con el drama que actualmente tiene por escenario las aguas del estrecho.

No nos vamos a remontar al siglo XIX, sólo a una fecha no tan remota como la primavera de 1949. Un “avispado armador” canario, antecesor de los que hoy en día prosperan en Marruecos o Libia, compra una pequeña goleta de 19 metros de eslora y con más de 90 años en sus cuadernas por 250.000 pesetas y, de forma clandestina, empieza a congregar personas dispuestas a pagar 4.000 pesetas para hacer la travesía desde Fuerteventura a algún lugar indeterminado de América del Sur. Personas, en su mayoría campesinos pobres de Gran Canaria, que ganaban 20 pesetas diarias en la recolección del tomate trabajando de sol a sol. Este solo dato indica el trabajo y sacrificio que debió suponer reunir 4.000 para embarcarse en un viejo cascarón sin motor, sin instrumentos náuticos de clase alguna y con un capitán contratado por el  “avispado armador” quien, una vez en alta mar, confesó no haber pisado una Escuela Náutica en su vida y que se había enrolado en LA ELVIRA con el único propósito de viajar gratis  y así poder huir de la miseria imperante en la España del momento. Confesión, por supuesto, que casi le cuesta la vida a manos del centenar de sus  enfurecidos compañeros de viaje.

Como resulta obvio suponer, las condiciones dispuestas para la travesía, en cuanto a confort, higiene y manutención alimenticia, corrían parejas con las de navegabilidad del buque. Durante 36 días, aquellos 96 hombres, diez mujeres y una niña de cuatro años que componían el temerario pasaje y la tripulación de LA ELVIRA surcaron el Atlántico cuidando, como único medio de orientación, que el sol naciente apareciese por la popa. Los alisios fueron clementes con ellos y, hambrientos, harapientos e infestados de piojos, tocaron tierra en Venezuela el veintitantos de mayo de aquel año de 1949, donde fueron fraternalmente acogidos por las autoridades locales como “inmigrantes voluntarios” en la jerga burocrática. No fueron los únicos, ya que se calcula que en la década de 1940 unos 128.000 españoles salieron, sólo de Canarias, en expediciones similares, tanto o más azarosas que la protagonizada por LA ELVIRA

Atrincherados en la zona de confort que el estado del bienestar, más o menos erosionado y maltrecho, todavía es capaz de brindarnos, es fácil sentir la tentación de sentirnos incómodos ante la miseria ajena, sentir cierto impulso de rechazo ante quienes actúan como testimonios vivientes de la pobreza y la injusticia reinantes en otras zonas del mundo, algunas bien cercanas a nuestras fronteras. Esconder la cabeza debajo del ala y no querer ver estas realidades, además de resultar poco humano es también renegar de nuestra propia historia.

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