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HOY ANDO DE MAL HUMOR. CIERRA LA LIBRERÍA NÁUTICA

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NAUCHERglobal, Miguel Aceytuno 22/12/2017

Hoy no vamos a hablar de libros, que vengo de mal humor. Malos tiempos para la lírica. Arrancábamos el otoño con el cierre del Pollo Rico, quizás el último comedero del Raval donde uno podía meterse entre pecho y espalda un plato sopero de callos o un menú casero, pero de los que hacía la abuela, a precio de currante. No andaba muy lejos de donde estuvo el antro-bar de marineros (por llamarlo de una forma decente) que regentaba a principios del siglo pasado mi bisabuela, María Juanola, y cuya parroquia hubiera hecho sonrojarse a la mismísima clientela del Madame Jazmine. Acabamos el otoño con otro palo de narices para los barrios de mar: el mismísimo día del solsticio cerrará sus puertas para no volver a abrirlas la Librería Naútica de Barcelona.

No puedo quitarme la idea de la cabeza. Mientras la Gran Guerra atruena los mares veo a aquellos viejos capitanes, maestros de tus maestros y los míos, bajando por una VíadeLayetana recién abierta, alumnos de la Escuela de Náutica del piso de los porches d’enXifré haciendo pellas, contramaestres acariciando un vaso del duro tinto que sirve la Juanola en  Ca L’avi, maquis admirados ante estos nuevos motores que llaman diesel que construye la Maquinista Terrestre y Marítima, todos ellos acudiendo bien por una carta, bien por un libro de texto, bien por las últimas novedades llegadas del extranjero, a la librería que noventa y ocho años después cierra.

Me encanta pasear por los barrios de mar con el capitán Eugenio Ruiz. Me señala rincones, a menudo edificantes e instructivos, o a veces no tanto pero muy divertidos, que nos hablan de una Barcelona tan o más cosmopolita y grande que por la que hoy paseamos. Palacios como el de los Comillas, mansiones de los Güell…. Hubo dos momentos en que sobre los mares se hablaba en catalán: el primero con el almirante Roger de Lluria, que monta guardia por siempre a los pies de su señor, Pedro el Bien Servido, y el segundo, cuando los abuelos de alguno de los que me leen marchaban a Cuba, bienal comercio de ultramarinos, bien a morir al peu del canó. Ved los palacios de mar, ved la gran Barcelona, que tenía una librería donde ir a buscar las novedades.

Vinieron después una guerra terrible, y tiempos oscuros en que el hermano levantó la mano al hermano. Pero el hombre de mar es estudioso por la cuenta que le trae, que la mar es amante pero no amiga y no da medallas de plata. Así que en esta casa estaba el VHF, vinieron el decca y el loran, los primeros data link. Vino el GPS… y ahí era donde ibas a buscarlo. Era como Internet, como google… pero en una maravillosa habitación donde te sonreían al entrar.

Al tiempo nació un chaval, que sería de mayor marinero en tierra. Comenzó leyendo a Salgari, siguió con historia, terminó muy muy humildemente detrás de una caña (bueno, de dos, la otra es de cerveza). Y ahora, este chaval, de pelo cano (el que le queda) recuerda su juventud reuniendo la semanada para poder viajar con la imaginación a siete mares lejanos. Qué queréis que os diga. Cuando el sol se levante un pas de pardal Barcelona será más pobre. No nos engañemos. Con Internet, el papel (y valga el doble juego de la palabra) de los libros es complejo. Llevamos la biblioteca de Alejandría en el móvil… ¿Para qué queremos librerías? No lo sé. Pero mi corazón duele pensando que no podré comer más callos en el Pollo Rico, que no podré después dar un paseo para que me reciban con una sonrisa, y simplemente hojear y oler el aroma del que disfrutaban aquellos viejos capitanes de mar antes de marchar a mares lejanos. Que queréis que os diga. En fin, que me voy a leer un poco.

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