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EN PUNTA LANGOSTERIA HAY UN PUERTO NUEVO

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JUAN ZAMORA 02/01/2017

Blog: "El barógrafo"

El pasado 23 de diciembre, el petrolero MAX JACOB entraba de arribada en el puerto exterior de La Coruña para reparar una seria avería en su máquina principal. El buque tuvo que esperar unas tres horas frente a la bocana del puerto, abierta al NW, para que la altura de la marea y el oleaje permitieran su entrada. El calado del petrolero era de 16,5 metros, que los prácticos -profesionales expertos en maniobras portuarias- teniendo en cuenta la altura de la ola y el squat provocado por la velocidad necesaria para maniobrar el buque en la bocana, consideran el calado máximo admisible para maniobrar con seguridad.

Es decir, si el petrolero a refugiar estuviera perdiendo carga o tuviera su estructura dañada el perjuicio que hubiera podido ocasionar nos costaría muchos millones de euros. Pero, ¿no se había construido el llamado Puerto Exterior para ofrecer refugio a los buques con problemas a fin de evitar otro PRESTIGE?

En enero de 2003, el gobierno de Aznar López celebraba en el ayuntamiento de La Coruña un consejo de ministros extraordinario. Se trataba de mostrar la voluntad del Partido Popular de restañar las heridas que había dejado en Galicia la desastrosa gestión, dos meses antes, del siniestro del petrolero PRESTIGE. A las fantasías del señor Aznar les gustaba alardear de eficacia, y proclamó a los cuatro vientos que él, a diferencia de otros, llegaba con el pan bajo el brazo, hechos y no palabras. Allí se aprobó el llamado Plan Galicia, dentro del cual se incluía un proyecto alucinante: la construcción de un puerto en Punta Langosteira, un lugar agreste, de enorme valor ecológico, donde las olas baten muy duro, a tan sólo 10 kilómetros del actual puerto de La Coruña, un caprichito de Vázquez, el devoto.

Doce años después de que se iniciaran las obras del puerto exterior pocas dudas caben de que nos hallamos ante otro despilfarro, un error cuyo coste para los españoles supera los 900 millones de euros.

En su día, hace muchos años, todavía con Franco en El Pardo, para dar trabajo a los astilleros, el Gobierno abrió una rumbosa línea de crédito a la construcción naval. Unos cuantos cortesanos oportunistas se vieron de pronto convertidos en navieros. El negocio consistía en coger el dinero del crédito, que mediante una trampa sencilla -elemental ingeniería financiera- alcanzaba para pagar el total del barco a construir y embolsarse unos milloncejos, y cuando había que pagar el crédito, le entregaban el buque al banco oficial (dación en pago, se llama) y asunto concluido. Daba igual si el buque era una ruina y no servía para nada. El negocio -el delito- era construir, no importaba qué. El ejemplo más notorio, el que mejor recuerdo, es el de un individuo llamado Alfonso García Miñaur, un vanidoso patológico que hacía bautizar sus barcos con las iniciales de los nombres de la familia: ALGARMI, ALFER, ALSIXMAR, ALGALO, ALLUL, etc.

Muchas infraestructuras construidas en España han seguido esa misma lógica cancerígena. Pensemos en el aeropuerto del abuelo, en Castellón; el aeropuerto idiota y carísimo de Ciudad Real; la mayoría de los tramos del AVE; las autopistas radiales… Y el puerto de Punta Langosteira. Millones y más millones para un puerto que desde su inicio ha constituido una orgía de dinero fácil, un pelotazo urbanístico en el horizonte, y que además no sirve para casi nada. El negocio (de Vázquez, de Fraga, de Pepiño y demás) era recibir el dinero, poner hormigón, mover piedras y repartir juego entre los amigos. ¿La utilidad de la inversión? ¿El servicio que el puerto había de cubrir? No sea usted antipatriota, por favor. Galicia y España necesitan ese puerto. Para algo servirá. Y si, como es el caso, sirve para casi nada, Puertos del Estado proveerá. Dicen que controlan, pues que paguen.

El MAX JACOB pudo entrar y salió el viernes pasado merced al buen hacer de los prácticos (sin olvidar el trabajo de los remolcadores). Si las dificultades que presenta el puerto de Punta Langosteira para entrar buques medianos, con tiempo regular, provocan una desgracia, el barullo de ecologistas permanentemente alarmados, políticos, profesionales del desastre y gentes así volverían a arremeter contra los marinos (véase la historia del PRESTIGE), una forma felona (que diría Fraga), y abyecta, de tapar sus muchas miserias. El hormigón español suele ser intratable e intocable. Y los puertos constituyen su gran debilidad.

 

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