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ELOGIO DEL PRACTICAJE

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JUAN ZAMORA 17/12/2014

Blog: "El barógrafo"

Hace un tiempo NAUCHERglobal publicaba un artículo en defensa de los capitanes que han sufrido un accidente y se ven sometidos a un proceso social sumarísimo instado por todos aquellos intereses públicos y privados que de esa forma se quitan cualquier responsabilidad de encima. La culpa es del buque, o sea de su capitán. Caso cerrado. Los ejemplos de Apostolos Mangouras, capitán del PRESTIGE, y Karim Mathur, capitán del ERIKA, son bien conocidos, pero por desgracia no son los únicos.

Incluso en los accidentes de cuyo relato inicial pudiera sospecharse un comportamiento negligente o poco profesional del capitán y de la tripulación, caso del COSTA CONCORDIA y del SEWOL, la celeridad con que son acusados, vejados y detenidos constituye una prueba clara de la intención de criminalizar al capitán del buque con el objetivo de que sea él, solo o en compañía de otros tripulantes, quien cargue con todo el peso civil y penal. Aunque con posterioridad descubramos que la tragedia fue causada por errores y faltas del armador, del naviero, de la clasificadora y de determinados organismos e instituciones públicas incompetentes y bajo sospecha de corrupción, el capitán y la tripulación acabarán pagando por el accidente que ellos ni siquiera contribuyeron a causar.

El artículo al que hago referencia trataba de la varada del CITADEL en el río Guadalquivir cuando procedía con práctico a bordo hacia el puerto de Sevilla. Contenía el texto publicado algunos errores imputables a la falta de información sobre las desastrosas condiciones del balizamiento del río, que luego hemos corregido, y un error conceptual que también debemos reparar. Me estoy refiriendo a los comentarios sobre el practicaje, acertados en cuanto a sus responsabilidades y erróneos en algunos extremos.

Los prácticos son en nuestro país capitanes de la marina mercante con años de experiencia acreditada en el mando de buques de medio y gran tonelaje, que han superado unas pruebas de selección donde han tenido que demostrar serios conocimientos, competencias y habilidades sobre navegación, maniobra y estado y características del puerto donde pretenden ejercer. Salvo alguna rara excepción, inevitable en cualquier colectivo, quienes integran el servicio de practicaje son profesionales de enorme valía, conscientes de la importancia de su papel en la seguridad del puerto, o sea en la eficiencia y competitividad del enclave, pues la seguridad constituye un pilar fundamental de la economía.

El servicio de practicaje, como los demás servicios portuarios contemplados en la ley, se enfrenta ahora a retos mayúsculos. El principio liberalizador que inspira la política portuaria pretende cambiar el modelo vigente, practicaje obligatorio y fuertemente regulado como servicio público, por uno de autorizaciones abierto a la competencia, un modelo que muestra muchos interrogantes sobre su viabilidad y sobre los costes que ha de tener en términos de independencia del práctico para tomar las decisiones correctas. En algunos países, estados y puertos que habían optado por la desregulación del servicio de practicaje hubieron de volver a la situación anterior ante el aumento de accidentes e incidentes, asumiendo, como establece una norma de 2004 del estado de Florida, que el practicaje es un servicio esencial, de una importancia tan fundamental, que la continuidad de su existencia debe ser garantizada por el estado y no puede ser librado a las fuerzas del mercado.

Abrir el practicaje a la libre competencia, permitiendo a las navieras influir sobre quienes proveen el servicio, conduce, tal vez de forma inevitable, a una degradación de la seguridad de los puertos y a un correlativo aumento de la siniestralidad.Tengamos en cuenta, escribió en 2005 el pilot estadounidense Michael R. Watson, que fue presidente de IMPA (International Maritime Pilots' Association), que el práctico no supone simplemente un par extra de ojos en el puente de un buque ni es un mero supervisor de seguridad, o un gerente del riesgo, como pretenden algunos intereses que no comparten el cometido de servicio público atribuido al practicaje. La función del práctico, escribe Watson “es dirigir y controlar la navegación del buque para prevenir accidentes y maniobras inseguras”. 

Cualquiera sea el rumbo que tome el futuro, lo cierto es que el practicaje actual poco tiene que ver con el servicio que conocimos durante la era de Franco. Las innovaciones continuas en los sistemas de navegación, la construcción naval y los elementos de maniobra de los buques exigen a los prácticos un esfuerzo de formación continua, imprescindible si quieren seguir garantizando la seguridad. El uso masivo de las banderas de conveniencia, naves tripuladas por marinos de países lejanos en vías de desarrollo, provoca en los prácticos un estrés cuya gestión requiere mucha inteligencia y una gran preparación. Cuando el pilot sale del puerto en busca de ese granelero de Vanuatu, o ese portacontenedores panameño, no sabe lo que se va a encontrar cuando suba al puente, qué clase de capitán, qué tripulantes de cubierta y máquinas, qué ayuda puede recibir, en qué estado se encontrarán las instalaciones e instrumentos precisos para un atraque sin incidentes. En cualquier circunstancia, el práctico ha de informar y acordar con el capitán la maniobra que piense realizar y, si fuera el caso, las ayudas externas necesarias para su ejecución.

En España, el servicio de practicaje se ha ganado el respeto general de las industrias marítimas y de las comunidades portuarias. Nadie duda de su necesidad ni del excelente nivel de los profesionales del servicio. Justamente por eso, los prácticos pueden enfrentar con serenidad los retos y problemas que se les presentan: las exenciones de practicaje, la eventual responsabilidad que en ellos pueda recaer cuando las maniobras ocasionan algún daño, el empeño liberalizador de Puertos del Estado y la necesidad de una formación continua que por su complejidad y especialización no se encuentra en el sistema educativo y ha de ser tallada ex profeso.

El practicaje constituye una actividad profesional de los marinos en tierra, de los náuticos -por emplear un adjetivo antiguamente usado para distinguir a los marinos de puente de los marinos de máquinas-, tal vez la más vinculada a la práctica de la navegación y una de las más brillantes. Todos los marinos comparten con Joseph Conrad, el gran escritor, la tranquilidad que se siente cuando el práctico accede a bordo. Un colega, una ayuda impagable, la seguridad del conocimiento y la experiencia. En ese marco se producen a veces tachones o pinceladas manifiestamente mejorables, pues la perfección, como advierte el Corán, no es un atributo humano. Pero esos eventuales borrones no empañan la afirmación anterior. Así, al menos, me lo parece.

 

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