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EL ÍNTIMO PLACER DE LA NOSTALGIA

  • Gente del mar
  • Navieras

JUAN ZAMORA 20/11/2016

Blog: "El barógrafo"

Un día ya lejano fuimos marinos jóvenes e inexpertos. Un día, hace muchos años, lucíamos la hermosa cabellera por cubiertas y alerones mientras aprendíamos a dominar los buques y la navegación. Un día, muchos días, con menos kilos y el rostro terso, estuvimos embarcados en la Compañía Trasmediterránea, naves con el casco pintado de blanco, una naviera con mucha historia, cien años ya, en la que servimos y prosperamos. Ayer, sábado 19 de noviembre de 2016, nos reunimos a comer en el puerto de Mataró.

Hay quien considera que la nostalgia tiene algo de derrota y deberíamos consumirla en pequeñas dosis y ocasiones excepcionales, pero la mayoría de las personas nos entregamos a ella y exploramos en los recuerdos con fruición: así fuimos, así lo hicimos, aquel mundo nos perteneció. Hoy estamos retirados, tenemos el alma y el cuerpo con achaques y cicatrices, cada día menos interesados en el porvenir y más vulnerables al discreto encanto de la memoria, un placer solitario que puede alcanzar cotas altísimas de emoción cuando lo compartimos.

Alguien tuvo la ocurrencia de contar los asistentes, 36, cinco mujeres y 31 hombres. Todos habían navegado más o menos tiempo faenando en el puente o en la máquina de los buques de la Compañía Trasmediterránea. Había quien tras años de mando había pasado a ejercer de práctico; había capitanes y jefes de máquinas cuyo recuerdo sigue creciendo; había pilotos y oficiales de máquinas que acabaron en tierra su vida laboral, unos como inspectores de buques y surveyors, otros como empresarios o directivos en empresas marítimas, o en la universidad. Todos unidos por el recuerdo, hermanados por los buques que fatigaron y las experiencias compartidas.

Sin ser gran cosa, el estímulo de la comida, y probablemente de la bebida, fue suficiente para que las conversaciones ampliaran gradualmente su radio de acción y no se quedaran en simples debate a dos o tres. Y esa extensión llevó los recuerdos hacia los personajes y las anécdotas que con el tiempo se han convertido en leyenda. Aquel capitán que estropeaba unas maniobras impecables con desahogos gritones cuando ya no venía a cuento; aquel jefe de máquinas que iba regalando libros a medida que los devoraba; aquel día que un ministro viajó en la Compañía y atrajo sobre el barco todas las desgracias posibles: un oleaje feroz, una caída de planta, paradas sucesivas de la máquina y un accidente laboral grave de un engrasador. Historias contadas con varias voces y diversas perspectivas. Historias envueltas en nostalgia, amasadas en nostalgia, con un punto de melancolía y una apreciable cantidad de alegría y sentimiento. La dicha del reencuentro, el íntimo placer de la conciencia del pasado, porque como escribió Marcel Proust, la vida sólo se vive, de verdad, en el recuerdo.

Pasadas las cinco de la tarde, cuando el grupo empezó a disgregarse, unos y otros preguntaban por el lugar y el día del próximo encuentro.

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