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CUBA, POR EJEMPLO

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NAUCHERglobal, Eugenio Ruiz Martínez 04/03/2018

La retirada de la estatua de Antonio López es la última prueba de que Barcelona sigue siendo incapaz de pacificar su espacio público para terminar de una vez por todas con la inacabada guerra de símbolos políticos e ideológicos. Sólo puede conseguir treguas. Antes o después se retoman las campañas para echar abajo con cierta facilidad a quien el alcalde de turno considere que tal o cual personalidad, con algún perfil político, no se ajusta a sus valores o mentalidad. Ni que haya pasado 134 años, el pasado siempre vuelve a esta ciudad para ajustar cuentas incluso contra aquellos prohombres que el propio Ayuntamiento había ensalzado con monumentos y plazas para demostrarle un preclaro agradecimiento.

La retirada de la estatua de Antonio López es la última prueba de que Barcelona sigue siendo incapaz de pacificar su espacio público para terminar de una vez por todas con la inacabada guerra de símbolos políticos e ideológicos. Sólo puede conseguir treguas. Antes o después se retoman las campañas para echar abajo con cierta facilidad a quien el alcalde de turno considere que tal o cual personalidad, con algún perfil político, no se ajusta a sus valores o mentalidad. Ni que haya pasado 134 años, el pasado siempre vuelve a esta ciudad para ajustar cuentas incluso contra aquellos prohombres que el propio Ayuntamiento había ensalzado con monumentos y plazas para demostrarle un preclaro agradecimiento.

 De esta desagradecida ciudad sería mejor no aceptar reconocimientos porque el nomenclátor es aquí un arma arrojadiza y revanchista contra quienes tiempo antes ostentaron el poder y contra quienes representan idearios que no se ajustan del todo a los actuales. Ayer le tocó el oprobio a Juan Carlos I, hoy es el turno de Antonio López, mañana será otro según la dinámica del hondo resentimiento que por razones que ignoro atiza más en Barcelona que otras capitales, patente en que la imagen del marqués de Comillas es la primera que se lamina en Europa occidental relacionada con el esclavismo y, por ende, con el colonialismo e imperialismo. Es una excepción tanto más notable porque el ayuntamiento de Barcelona ha hecho con Antonio López justo lo contrario que las demás ciudades relacionadas de un modo otro con la esclavitud.

La tónica general al respecto es levantar estatuas y crear recorridos y sitios donde reflexionar (rutas, museos, memoriales…) para hacer justicia póstuma con los esclavos tomando conciencia de la masiva y prolongada inhumanidad cometida contra millones de negros. El problema es que Barcelona no tiene a quien homenajear por haber sido un destacado abolicionista o por batirse en defensa de los derechos de los esclavos. No sirve para ello Antonio María Claret, arzobispo de La Habana (1850-1857), por muy santo que sea, pues no se distinguió bastante como para reconocerle por su empatía con los esclavos. Tampoco vendría al caso Clotilde Cerdá por mucho que se empeñen quienes le atribuyen un activismo abolicionista que no tuvo.  Menos aún tenemos autóctonos descendientes de esclavos con su consiguiente pasado rebelde de palenque y de cimarrones a quienes dedicar un monumento.

 La alternativa a no poder levantar una estatua a nadie ha sido tumbar la más conspicua que, aunque sea por los pelos, pudiera valer para reivindicar aquí el rechazo a la esclavitud. Al marqués de Comillas le ha perjudicado el haber sido un sobresaliente empresario, tan favorecedor de Barcelona que el Ayuntamiento agradecido lo homenajeó a lo grande con monumento, plaza, avenida. A la larga, esto le ha supuesto una mala pasada que nunca le hubiese sucedido de no haber triunfado tanto que le ensalzasen. Cualquier otro europeo mucho más relacionado que él con la esclavitud, y también con estatua o placa en el nomenclátor, se librará de ser retirado del espacio público por negrero. Incluso a los indianos enriquecidos como él en un sistema esclavistas se le han seguido levantando monumentos hasta ayer mismo para reconocerles su contribución a tal o cual ciudad. El dedicado en 1949 a Miquel Biada frente a la estación de tren de Mataró tiene ya unos años; pero el de Facundo Bacardí, en Sitges, data del 2009; y el monolito a Ramón Herrera (1812-1885), en su pueblo natal Mortera (Santander), aún muestra la pátina nueva por haber sido colocado en 2013. Lo curioso es que este último fue paisano, amigo y socio de Antonio López. Ambos, navieros enriquecidos en Cuba y sin embargo juzgados con criterio dispar según sean o no sus paisanos quienes deciden. Por algo los indianos que pueblan España con sus estatuas y nombres de calles, parques y colegios siguen siendo leyenda en sus patrias chicas, tal que Antonio López en Santander, o como en el caso del catalán Juan Güell no se atreven (todavía) a retirar su monumento de Barcelona.  Bastaría la falta de ecuanimidad en el trato, sin depender del lugar ni de quienes deciden, para no tomar decisiones drásticas contra ninguno de ellos. Antonio López cuenta en Cádiz con una calle desde 1873 (entre 1933 y 1936 la llamaron Uruguay) y con avenida y plaza en Madrid. Está por ver si el rechazo a su imagen en Barcelona provocará el efecto dominó en Cádiz, Madrid, Santander… En todo caso, lo crucial es hasta qué punto el limitado pasado esclavista de alguien anula la proyección que su imagen irradia por otros muchos motivos.

Cuba mantiene algo en el callejero al vasco Zulueta (1814-78), el mayor negrero que tuvo la Isla, y al murciano Tacón, el Capitán General (1834-38), junto con su predecesor Vives, que más permitió y ganó con la trata de negros. Eso no impide al castrismo participar con entusiasmo en la Ruta de los Esclavos auspiciada por la Unesco (1993), la Organización Mundial del Turismo y la Fundación Fernando Ortiz. Por de pronto, Julián Zulueta fue un negrero incluso convicto, pero también es verdad que, al contrario de muchos criollos y hacendados de origen español, él no hizo el tan recurrido coge el dinero y corre, sino que murió en Cuba tras implicarse a fondo en la Isla e invertir en la modernización de sus ingenios. A su vez, Miguel Tacón contribuyó como nadie al desarrollo urbanístico de La Habana, aunque para los turistas lo más llamativo de él sea transitar su sorprendente calle de adoquines de madera que él impuso porque le molestaba el traqueteo de los carruajes sobre las piedras.

Este parcial margen de tolerancia que hay en Cuba con los negreros es compatible con el museo de la esclavitud en Matanzas (castillo de San Severino), con el monumento a la aplastada sublevación de los esclavos del ingenio Triunvirato (Limonar, 1843) y con el monumento al cimarrón El Cobre, amén de seguir rescatando y denunciando el pasado esclavista de la Isla (barracones, palenques, nuevos museos, objetos de tortura). Por qué no tomar ejemplo de Cuba, hasta cierto punto tolerante, dado que su población negra sufrió la esclavitud y la supremacía racial mientras los blancos e incluso los próceres de la independencia se beneficiaron de la sociedad esclavista. Sensu stricto, muchas de las estatuas de los cubanos del siglo XIX no pasarían el cedazo del Comisionado de Memoria de Barcelona.

No se puede entrar a saco y sin sólidas acusaciones en temas tan controvertidos so pena de llevarse por delante más de lo previsto. ¿Alguien ha reparado que el monumento de Antonio López representa un lazo entre Cuba y Cataluña más allá de la esclavitud y la guerra? Nos recuerda las pasadas interrelaciones comerciales y humanas entre ambas partes del Atlántico. El propio Antonio López se casó con una criolla cubana y tres de sus cuatro hijos nacieron en Cuba, entre ellos Isabel, la tatarabuela de los hoy descendientes de Eusebio Güell. Además, la inmigración que llegó a Cuba a partir de 1861, consolidando la cubanidad de la Isla, desembarcó en su mayoría de los vapores del marqués de Comillas; mientras los tornaviajes traían con el pasaje a Barcelona las populares habaneras. La Cía. Trasatlántica, sin duda, contribuyó a que Cuba no acabase asimilada a EE.UU. como Florida y a que la Isla aún despierte en Cataluña más sentimientos que el resto de las ex colonias españolas.

Quizás estos sean pequeños detalles para quienes retiren la estatua, pero el Ayuntamiento debería preguntarse por qué las demás urbes europeas no han quitado ni una sola imagen que estuviera tiznada poco o mucho por el esclavismo. Uno de los motivos es que no se ensalzó a esos personajes por ser negreros, sino porque representaban aspectos loables y a más personas que a ellos mismos. Es el caso de la estatua de Antonio López, quien para los marinos mercantes supone uno de los últimos calabrotes afectivos que nos quedan en Barcelona de nuestro pasado profesional. Somos pocos, la mayoría encanecidos y, como sucede con la gente de mar, tan independientes que nos cuesta movilizarnos juntos contra este atropello. Lo teníamos perdido. Distinto habría sido si en consideración a su carga emocional e histórica no debía ser eliminado con sólo catalogarlo como homenaje a un negrero.

De aquí las protestas de Portugal cuando pusieron en la picota por esclavistas a algunas de sus Siete Maravillas del pasado colonial (ej. fortaleza Elmina, en Ghana). Oporto, Lagos… tienen su Ruta de los Esclavos, pero no se les ocurre tirar abajo símbolos y personajes por el simple hecho de estar relacionados con la esclavitud. Si aplicasen en Lisboa el diktak de lo políticamente correcto habría que retirar del estuario del Tajo el Monumento a los Descubrimientos. Y eso no va a ocurrir porque justo levantarlo (1940) fue tan popular que 20 años después hubo que rehacerlo en piedra en vista del éxito que tuvo el realizado sin grandes pretensiones y con materiales poco resistentes.  

Lo mismo sucede en Liverpool, Bristol, Nantes, Burdeos… Sus museos y memoriales nos recuerdan que fueron puertos negreros y como tal se enriquecieron a costa de la inhumanidad cometida contra los negros africanos. Pero han optado por poner y no quitar, tal como afirmó Julián Bonder tras participar hace dos años en la Ruta de la Esclavitud de Barcelona. Él es el director del importante Memorial a la Abolición de la Esclavitud de Nantes (7.000 metros cuadrados), puerto del que zarparon el 40% (1.715) de las expediciones negreras de Francia. Para Bonder, lo recomendable para el monumento de Antonio López habría sido ponerle una placa explicativa: “No es bueno borrar la memoria de las ciudades. Es mejor esclarecer el pasado que erradicar la historia de los lugares. Hay que hacerla visible complementándola con información que aporte más datos”.

 Esta actitud positiva prima en los países que han creado la Ruta de los Esclavos bajo los auspicios de la Unesco. Han levantado estatuas, sin tener que tumbar ninguna. Es el caso de Venezuela, México, Colombia, Brasil, Ghana, Mozambique… que por lo general han erigido monumentos a sus cimarrones de leyenda (Iberoamérica) y en sus factorías negreras o puerta de no retorno (Africa) para recordar, conmemorar y si se quiere meditar sobre unos hechos que siempre es mejor tenerlos de algún modo visualmente presentes. 

¿Qué se gana con retirar un monumento si con él desaparece incluso la oportunidad de mirar a la cara el pasado para no olvidarlo? ¿Acaso es más importante esconder que mostrar la ciudad tal como se fue conformando? Solo la intolerante revancha de quien desea hacer un insensato castigo ejemplar explica que la estatua de Antonio López termine hoy en un almacén municipal. Es un despropósito, aunque hoy se sirva rebozado de decisión democrática tomada por el Ayuntamiento y de festejos con grúa y payasos de por medio. Puro vandalismo de guante blanco, pero tan similar en sus fines como el cutre perpetrado el pasado agosto contra el misionero San Junípero Serra (Santa Bárbara, California), cuya estatua fue decapitada, manchada de rojo y grafiteada como “santo del genocidio”.

Basta con un certero martillazo y un brochazo de pintura para empezar a derribar una imagen a poco que sea controvertida. El monumento a Antonio López lo sabe de sobra desde hace varios años, pues el incivismo no sólo es impune en esta ciudad, sino que al final consigue su anhelada presa. Es imposible que Barcelona tenga una memoria decente cuando se puede emborronar casi a placer el espacio público, desvirtuando la neta imagen intergeneracional que la ciudad debería tener de sí misma. Esgrimiendo así la esclavitud se llega incluso a la parodia de desmerecer de alguna manera a Artur Mas porque uno de sus tatarabuelos fue negrero. Razón de más para constatar el absurdo de que la esclavitud se haya convertido en una eficiente e interesada arma de descrédito, en especial contra las personalidades del siglo XIX que medraron en sociedades esclavistas. Antonio López es un caso evidente y único de este atropello en Europa. Pero en EE.UU., la grúa se ha llevado al almacén municipal a los derrotados héroes sudistas de la Guerra de Secesión tras acusárseles de ser supremacistas blancos. ¡Cómo que no adoleceran de lo mismo la mayoría de los mandos del bando vencedor!

Si se aplicase en puridad el baremo ético del Ayuntamiento de Barcelona no debería quedar en pie ni la conocida estatua a Abrahán Lincoln (Emancipation), pues al contrario que España, la abolición de la esclavitud en EEUU se aprobó antes (1865), pero dejando durante ¡todo un siglo! la desvergonzada segregación racial. ¡Qué broma supremacista era esa de liberar de las cadenas a los negros a cambio de que asumiesen la contradicción básica de que eran iguales y diferentes a los blancos! Tuvo que entrar Obama como presidente para que en la Casa Blanca se pusiese el primer busto de un negro (Martin Lutero King). Y allí siguen en pie las estatuas de esclavistas (ej. Jefferson, tercer presidente de EE.UU.) mientras se retiran a los sudistas perdedores y, entre otros, se cuestiona con razón el monumento a Marion Sims, padre de la moderna ginecología, porque sus avances (dicen) se lograron aplicando sus investigaciones en las esclavas.

Es lo que tiene afrontar las contradicciones dejadas por el poso de la esclavitud. Se puede ser injustamente intransigente con Antonio López e irse de rositas todos los negreros de despacho y talonario que, desde Nueva York, Boston…, preparaban para África las expediciones marítimas de la trata. Y la factoría de la Isla de Gorée se ha convertido en ícono contra la esclavitud porque allí embarcaban los esclavos hacia América, pero a nadie se le ocurre reflexionar compungidamente en el edificio londinense del Lloyds Bank, relacionado también con el tráfico negrero.

 Al final no se sabe con seguridad qué es qué con los monumentos y sitios vinculados a la esclavitud, pues a nada que patinen sus reclamos se convierten tan en parques temáticos para el turismo como la tumba del controvertido Cecil Rhodes (Zimbabue). Es de lo que se quejó un guía de la factoría de Gorée (Senegal), quien no veía mucho recogimiento en quienes visitaban el lugar, daban un somero vistazo por encima y sin mala conciencia se iban a otra cosa mariposa. Al menos dejaban algún dinerillo por allí, dado que el dolor ajeno es lucrativo si se convierte en ícono.

Resulta curioso que mientras en Barcelona se retira sin pruebas la estatua del presunto negrero Antonio López, en la isla caribeña de Saint Thomas (Islas Vírgenes) se ha levando una estatua al pirata Barbanegra, Edward Teach, y a sus secuaces. Al menos, nunca se levantó en España ningún monumento al negrero, por más que el Ayuntamiento de Barcelona se empecine en que hoy se ha quitado la estatua de uno de ellos. Aunque tampoco hay tantos monumentos a quienes fueron decisivos para que se aprobase la abolición de la esclavitud. Resalta el levantado en Hull al político británico William Wilberforce (1759-1833), adalid mundial del antiesclavismo. Cuenta además con varias estatuas en el Reino Unido y no le faltan reconocimientos de todo tipo (casa museo, mausoleo en Westminster), aunque, como sucede en estos casos tampoco se libró de las críticas al tachársele de buenista e hipócrita: “Su humanidad está a tres mil millas más allá del horizonte y su servidumbre está en casa pendiente del ministro. Él abre las cadenas de Africa y ayuda (confiamos que sin pretenderlo) a remachar las de su propio país y Europa” (William Cobbett, político y periodista seguido por las clases obreras). Tardó, pero Brasil también acabó por levantar un monumento a la princesa Isabel de Braganza por aprobar al fin la abolición de la esclavitud.

 España y Cuba no cuentan con ninguna de esta clase de estatuas porque su sistema esclavista acabó por simple agotamiento y previo consenso de los políticos y de los hacendados. El conservador Antonio Cánovas decidió acabar con esta inhumanidad, pero no se merece nada porque él mismo fue quien retardó al máximo la abolición. Se lo hubiese merecido el militante antiesclavista Segismundo Moret de haber liberado a todos los esclavos siendo ministro. Pero le temblaron las piernas, como diría su paisana Teresa Rodríguez, líder de Podemos. No pudo por razones de Estado e intereses creados de los poderosos, entre ellos las clases pudientes catalanas, incluido Antonio López, que apostaron por acabar con la esclavitud ordenadamente, por fases y al acabar la guerra, como así fue.

Moret sólo consiguió liberar a las varias decenas de miles que había en Puerto Rico y a los bebés que naciesen de madre esclava cubana. El monumento que tiene en Cádiz es todo menos a un abolicionista. Que no haya nadie con méritos a quien se le deba levantar una estatua, quizá explica que haya que retirar la de Antonio López. Habría sido mejor haber levantado una al periodista y político Rafael Mª Labra, criollo cubano afincado en Madrid después de que su sospechoso padre fuese relevado de gobernador de Cienfuegos. Labra fue el alma mater de la Sociedad Española Abolicionista y del periódico El Abolicionista, un verdadero creyente y machaca del antiesclavismo. Más que él, ni en Cuba ni en España. 

Para cerrar este trabajo, hay que admitir que el monumento a Antonio López lo tenía imposible frente a la mentira y la revancha institucionalizada, aunque en otros países incluso negreros confesos son obviados o respetados al no aplicárseles retroactivamente la actual escala moral. Ejemplos mil. Aunque no seré yo quien, para defender a alguien, tizne a cuantos más personajes y más de Cataluña, mejor. Baste reseñar que John Newton (1725-1807), autor de la celebérrima letra del himno “Amazing Grace” (1779), ejerció de despiadado tratante y capitán negrero, según lo admitió él mismo: “Fui de una vileza realmente desmesurada”. Y no lo dejó por remordimientos, sino por caer enfermo. Y siendo sacerdote escribía salmos y daba sermones sin referirse a su negro pasado. Se confesó públicamente 34 años después de sus desmanes, cuando ya no podía encubrirlos más. Sin embargo, su tumba es respetada, como también, las cristaleras con su imagen y las placas conmemorativas en su honor. Y es una gran idea dedicarle una plaza a Nelson Mandela, quizás la actual de Antonio López, a pesar de que se entrenó de terrorista en países africanos para fundar y liderar “La lanza de la Nación”, siendo arrestado al poco, y durante décadas en la cárcel no se opuso al brazo armado de su partido CNA. Mandela no era un Gandhi ni un Martin Luther King. Cumplió la condena (27 años), pero justo salir en libertad lanzó un constructivo mensaje contra la revancha y el resentimiento: “La ira y la violencia no pueden dignificar una nación”. Tampoco a una ciudad, corroída por la moral engreída de quienes controlan su actual Ayuntamiento.

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