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CALÇOTADA DE LOS TRANSITARIOS, INTELIGENCIA COLECTIVA

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NAUCHERglobal, Juan Zamora 28/02/2015

Ayer se celebró la 8ª Calçotada que organiza el Club del Transitario Marítimo, a la que acude una parte significativa de la comunidad portuaria de Barcelona: unas 300 personas. La calçotada es una comida ritual, compuesta de un menú tasado al que cada masía o restaurante añade algún detalle menor que en nada cambia el núcleo conceptual del banquete. Lo que distingue de verdad una calçoltada de otra no son esos detalles menores sino la calidad de la salsa en que hay que sumergir, o fregar los calçots para realzar su exquisitez.

Los calçots (he leido que en castellano les llaman calsots, aunque el dicionario de la RAE todavía no ha incorporado el término), son cebollas tiernas de una variedad que se cultiva en las tierras del bajo Ebro, Tarragona principalmente. La extensión imparable de las calçotadas, una gastronomía primitiva y deliciosa que permite una comunicación excepcional entre los comensales, provocará probablemente que el cultivo de calçots se extienda por toda la Península y más allá.

La comunidad portuaria de Barcelona se ha dotado con los años de una serie de instrumentos que permiten a sus integrantes mitigar los efectos selváticos del mundo de los negocios y al tiempo construir una fuente de autoestima colectiva. Pensemos en el Propeller Club de Barcelona, espejo y referente de los propellers del resto de España, y en el premio literario Nostromo, la aventura marítima, sostenido desde sus inicios por las aportaciones de los empresarios del mundo del shipping.

A las inicitivas anteriores se unió en el año 2007 la Calçotada del Club del Transitario Maríktimo (CTM), un nuevo foro donde los competidores que cada día se esfuerzan por mantener sus empresas a flote, comparten mesa y mantel, hablan de fúlbol, cuentan historias, se rien, y sobre todo se conocen y se reconocen. Levantan así una conciencia de grupo, de comunidad, con un valor incalculable para alimentar la autoestima necesaria que les permitirá afrontar el día a día con más ganas, más ideas y mayor empeño. A eso se le llama inteligencia colectiva y nos permite explicar por qué unos sectores o unas actividades tienen éxito sin tener que recurrir sistemáticamente a los favores -el abrazo del oso- del Gobierno de turno.

En la calçoltada de ayer viernes, 27 de febrero, no faltó el parlamento del presidente del CTM, que se estrenaba en el cargo. A los prolegómenos de rigor, agradecimientos y todo eso, añadio Emilio Sanz un sincero reconocimiento -que no homenaje, precisó- a la Autoridad Portuaria de Barcelona, que ha sido capaz de cruzar la crisis casi sin despeinarse y que en estos momentos está logrando cotas de crecimiento más que notables. El presidcente de la APB, Sixte Cambra, no tenía previsto intervenir, pero se vió en la tesitura, nobleza obliga, de corresponder a Emili Sanz y reconocer que el mérito del buen funcionamiento del puerto de Barcelona hay que distribuirlo entre todos, empresas, trabajadores, directivos y, tambien, empleados de la APB. Aplausos y contento general. La inteligencia colectiva consigue cuanto se propone. O casi.

 

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