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ANTONIO LÓPEZ: UNA CIUDAD DE FANTASÍA

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NAUCHERglobal, Eugenio Ruiz Martínez 16/01/2018

Barcelona ganó los Juegos Olímpicos de 1992. Medalla de oro en ciudad fascinante, recompensada con el cambio de modelo productivo. Levantó una fachada marítima a tono con su nueva escala de valores y apostó por una economía de servicios espoleada por el turismo. La mar de cambios, que terminaron por erosionar el paisaje decimonónico de Antonio López: burgués y conservador, con chimeneas de barcos y de fábricas. Su monumento ha quedado de farallón de una periclitada época liberal e industrial, ahora cercada por el neoliberalismo y la posmodernidad. Mantiene, pues, inhiesta la imagen de la revolución industrial en Barcelona y valores de la Restauración frente a los embates de quienes en el Ayuntamiento fantasean con uniformar a su gusto el espacio urbano. Está aislado, en peligro.

Ha desaparecido el entorno empresarial que le aupó al pedestal, y han garreado los anclajes políticos y afectivos que pusieron al monumento la alta burguesía catalana que admiraba al marqués de Comillas a pesar de ser un advenedizo indiano de origen cántabro.

Los peldaños del monumento me sirven para ver la amenazada imagen de Antonio López desde la perspectiva que ofrecen los cambios en su entorno. Me siento allí para reflexionar. A mitades de 1974, yo estaba atracado en Bajo Muralla, entonces el recodo que formaba en un extremo el muelle de Depósito General (hoy Museo de Historia de Cataluña). El barco era el carguero BELEN, de la Compañía Trasatlántica Española. Hacía en él las prácticas de alumno de Náutica y sin salir del puerto veía la efigie del fundador de la naviera. Todo daba la sensación de seguridad, de un futuro predecible para los marinos. Todo estaba donde y como siempre: el monumento, el puerto y sus aledaños con tiendas medio de estraperlo en los sólidos porches y bajeras de las Casas Xifré y Vidal-Quadras. Un siglo de cambios, pero en lo fundamental seguíamos embarcados en las postrimerías del siglo XIX. Nadie cuestionaba a Antonio López. Y su naviera zarpaba con bienes de equipos hacia el Caribe y volvía con sacos de café que descargábamos a fuerza de lingadas. Nadie imaginaba que tan secular panorama iba a sufrir un revolcón capaz incluso de echar abajo el monumento al marqués de Comillas.

Trasatlántica ya no existe a pesar de que en el siglo XIX fue el revulsivo de la marina mercante española y durante décadas la naviera hegemónica. Sus oficinas en Barcelona, a las que entraba con los manifiestos y planos de carga del BELEN, estaban situadas en la plaza del duque de Medinaceli, justo donde Antonio López asentó sus negocios cuando llegó de Cuba para quedarse en Barcelona, hacia 1853. De los 125 años que el edificio estuvo vinculado a la familia López-Guell no parece quedar nada dentro, por lo que pregunté hace días en él, hoy hotel Gran Medinaceli. Pasa igual, a mi trasmano en Vía Layetana, con la antigua sede del Banco Hispano Colonial, hoy Bcn Hotel Colonial, que él fundó en plaza Medinaceli y que en 1913 recaló allí con el Proyecto Reforma, impulsado por Eusebio Güell y su cuñado Claudio López para unir el puerto con el Ensanche.

Que las ex sedes empresariales del marqués de Comillas hayan pasado a ser hoteles, también la de la Compañía General de Tabacos de Filipinas (Hotel 1898, en las Ramblas), confirma el cambio de modelo económico de Barcelona. Tanto más cuanto el Palacio Moja, residencia de Antonio López, es hoy una oficina de turismo y sede de la Dirección General del Patrimonio Cultural, del Departamento de Cultura de la Generalitat. Lo que fueron empresas industriales y de transportes están en la base del pujante sector servicios (90% del PIB de Barcelona).

 Esta profunda reconversión data de anteayer y coincide con las primeras manifestaciones que cuestionaron en Barcelona la imagen de Antonio López. Empezaban a soplar nuevos vientos, esta vez contra los indianos enriquecidos en Cuba. A ello contribuyeron también los debates abiertos, en 1992, por el Quinto Centenario del Descubrimiento de América y por “El Negro” de Bañolas, disecado por un taxidermista y exhibido en el Museo Darder. El cambio de mentalidad frente al racismo y el colonialismo coincidió con la desaparición del viejo puerto comercial, tan próximo y relacionado con la imagen de Antonio López.   

Poco antes de las Olimpiadas, desde el monumento al marqués de Comillas aún se podía contemplar el conjunto de la actividad del puerto comercial, pues ésta seguía casi toda concentrada entre la Barceloneta y los silos de grano de la empresa Condeminas. Hoy, la mayoría de esas dársenas están ocupadas por embarcaciones de lujo, recreo y deporte. El tráfico mercante se esconde detrás del saliente que impone Montjuïc. Del antiguo recinto portuario no queda ni un tramo de muro ni de rail; ni un tinglado ni una triste grúa. Muy poco. El edificio del Depósito General, los robustos perfiles de los muelles y los alineados grandes noráis por doquier son los únicos supervivientes del viejo puerto comercial. Parecen los restos del naufragio dejados por la maremagna galerna de ocio, turismo y tiendas desatada por las Olimpiadas del 92.

Las consignatarias y las publicaciones y agencias marítimas, antes tan visibles en la Avenida Colón, se han ido a la Zona Franca, en tropel, con la Aduana y los servicios portuarios de toda índole. Acaba de cerrar la centenaria Librería Náutica, sita frente a la estatua de Antonio López, y a espaldas de ésta última no hace tanto que también plegó velas la delegación del Instituto Hidrográfico donde vendían los portulanos y cartas náuticas. Otro tanto pasó con las tiendas de efectos navales de siempre, la última en la calle Ancha (rotulada ahora Carrer Ample). Y de las navieras y agencias de embarque, mejor no hablar. Se fueron a pique durante los años ochenta sobrecargadas de deudas, en buena parte, por la mala gestión y por la alevosía del Gobierno socialista. El remanente había recalado de arribada en Madrid tiempo ha (la Compañía Trasmediterránea, por ejemplo).

Aunque de piedra, el único armador visible en Barcelona es el marqués de Comillas, pues la estatua de Rómulo Bosch Alsina no cuenta porque él sólo fue socio y consignatario de la naviera Pinillos. En el viejo entorno de la marina mercante apenas queda la Facultad de Náutica, amenazada por su edificio, tan apetecido por los tiburones que rondan esta última presa del comercio marítimo coleando en el corazón de la ciudad. La Casa del Mar es un débil reflejo de lo que fue; el Museo Marítimo, un fleco; los edificios de Aduana y de la Autoridad Portuaria, enormes carcasas de un mar desaparecido del centro de la ciudad. No hay más. Ni raspas. Salvo el monumento de Antonio López, testigo personal de cómo ha ido esfumándose la marina mercante y la industria de los barrios Ribera, Barceloneta, Pueblo Seco...

Él mismo está descolocado, perdiendo su razón de ser, expuesto a que le retiren de allí porque convenga al Ayuntamiento congraciarse con los inmigrantes, con los nacionalistas o con los puristas de los valores 2.0, sean contestatarios o, por el contrario, posmodernos. Hasta desentona en el escaparate de lares y mitos de la actual Cataluña. Está a solas y sin soportes. A nada que lo muevan, se cae. Para los ignorantes, es un oscuro naviero sin barcos ni marinos, sin sede, sin dársenas ni tinglados. Para los ventajistas, una imagen que conviene instrumentalizar. Lo tiene perdido, tanto como lo estuvo el muelle comercial de la Barceloneta. 

El viejo puerto es hoy una fiesta. Zona de esparcimiento, de tiendas y restaurantes; de manteros y hostales; de pisos y buses turísticos. Donde ya ni son un recuerdo las roncas bocinas y los penachos negros de los barcos, ni el trajín de las operaciones de carga con el chirriar de las grúas y puntales, ni los vocingleros marinos y estibadores en las tabernas de la Barceloneta y en los aún más modestos puestos y casetas de comida a pie de muelle o entre los hangares. Ese mundillo, no tan distinto al que conoció Antonio López, se mantuvo así hasta que la posmodernidad atracó en pleno corazón y aledaños del puerto comercial de Barcelona. Y no fue sólo un cambio de actividad económica en el entorno del monumento a Antonio López, que liquidó el sector relacionado con la actividad empresarial más señera para dicho magnate.

 La posmodernidad descargó en la ciudad una escala de valores, nueva de trinca y celofán, que primaba la imagen, el diseño, la tolerancia, la plurinacionalidad, la solidaridad, la interculturalidad, la integración… Lo propio de un desiderátum parque temático que invitaba a todos a compartir las novedades de ética política propuestas por los movimientos sociales y por la nueva izquierda, insufladas por la burbuja económica y vendidas por los publicistas de partido. Todo muy acorde con la vitrina montada por Barcelona para, ya sin industria ni navegación a la vista, mostrar la pretenciosa imagen de sí misma de ser una ciudad moderna, de ocio, turismo y tiendas, con un componente de fantasía que no aguantó el batacazo de la primera crisis económica y política.

La ciudad se dividió y enfrentó por primera vez en siete décadas a causa del procés. Y en su seno aumentó la desigualdad, apareció la ciénaga en el oasis catalán, cundió la violencia gratuita, se vulneraron las máximas leyes desde las máximas instancias del poder. Barcelona se desvertebró. En dos brochazos: dirigentes huidos y encarcelados; manteros bordeando los yates de gran lujo desde los antiguos muelles Depósito General y Barceloneta.

 La ciudad posmoderna exhibe desde hace años los valores de los que en realidad carece. Predicó la integración intercultural, pero sus líderes y ciudadanos en masa se envuelven en banderas para ganar una frontal contienda identitaria. ¡Qué cara y caretos! ¡Qué caricatura de ciudad! Demasiada fachada para tan poca base. Sobrados escrúpulos con el remoto pasado de Antonio López, mientras aquí y ahora se socava flagrantemente la legalidad. Peor, el acoso y derribo de su monumento delata la dispersión de esfuerzos en fatuas campañas de imagen cuando las prioridades colectivas eran otras.

 La polémica respecto a la imagen de Antonio López, entre otras muchas, sirve para tamaño engaño o despiste general. Fuego de artificio, palabrería, por parte de quienes debían hacer política en vez de tergiversas viejas historias. Y pasa lo que pasa. Mucho mirar atrás y repasar con la memoria, cuando a Barcelona le sorprendió un mal presente. Las consecuencias son pasmosas.

¡De qué integración, tolerancia e interculturalidad alardea la ciudad mientras cunde el supremacismo (banderas en los balcones, manifestaciones, caceroladas) contra quienes son sus más semejantes y desde antiguo convivían en cotidiana harmonía! ¿Integrar al reciente inmigrante cuando se desintegra la convivencia en la propia familia y con el vecino de toda la vida; e incluso borra del espacio público la secular estatua que discrepa con los valores cacareados por el actual Consistorio? Mal ejemplo para la convivencia. Fruto de valores de bajo coste, de los que salen gratis y sin consecuencias, ponerse ante el monumento de Antonio López con pancartas a favor del trabajo digno, de la integración de los inmigrantes y del respeto al diferente.

 Los procedentes de países con otras razas, lenguas, creencias y costumbres comprueban la precariedad de su integración cuando los secesionistas y los que no lo son se enfrentan a pesar de sus escasas diferencias y muchos años de plácido trato. ¿Qué horizonte de seguridad normativa les ofrece la ciudad a los inmigrantes que se sienten como en casa si, por ejemplo, la alcaldesa no tolera la decisión de su antecesor Rius Taulet que aprobó el monumento de Antonio López para honrar y agradecer a esta personalidad su contribución a la ciudad?

 Mejor que tirar estatuas habría que levantar cuestiones para prever las consecuencias de las consecuencias. Eliminar del espacio público a Antonio López puede ser un gesto de comprensión a los inmigrantes, un guiño a su integración, pero conlleva también una injusta y gratuita agresión contra él y contra los símbolos y patrimonio de Barcelona.  Ya pasó, a lo grande, con la figura del dictador Franco en el Born cuando desde el Ayuntamiento se azuzaron los bajos instintos. A tal proceder se le llama violencia inútil (Primo Levi) y pasa factura, aunque se aplique al amparo de la memoria pública y conforme a decisiones tomadas en democracia. La añagaza del primer teniente de alcalde, Gerardo Pisarello, afirmando que el objetivo era “hacer pedagogía” y “una reflexión colectiva sobre la impunidad” no se sostiene porque acabó convirtiéndose en todo lo contrario. Malo será que repitan el despropósito con un “Antonio López, esclavitud y paisaje urbano”, porque de seguro que sucederá otro tanto. 

Los gestos de tolerancia no contribuyen a pacificar la convivencia si paralelamente desde el poder “se cepilla la historia a contrapelo” (Walter Benjamin) con propósito ventajista.  Como sucede con la Ley de Memoria Histórica de Zapatero. Pretende la reconciliación, pero hay quienes la aprovechan para su particular ajuste de cuentas. Algo similar sucede con los inmigrantes que para reivindicarse agreden impunemente la imagen de Antonio López después de que el Ayuntamiento la cepillara a contrapelo y la declarase tan culpable que ni limpia el monumento (léase lo guarro que está el bajorrelieve posterior).

Este irresponsable proceder es propio de una ciudad de fantasía donde la tolerancia y la integración van de la mano con la revancha y los mensajes multiculturales de diseño hueco. Algo que sólo vale hasta que la realidad pone a todos en su sitio y sobreviene algo peor que los fantasmas que se pretendían ahuyentar con campañas de imagen como las escenificadas en el monumento de Antonio López.

 Los atentados del pasado agosto en Barcelona y Cambrils constataron un clamoroso fracaso de la multiculturalidad. En este caso con varios jóvenes musulmanes, algunos de ellos educados desde chavales en la inmersión más formalmente integradora y catalanista de Cataluña, en Ripoll. Hay causas exógenas para explicar el terror y la tragedia, pero en su entorno existía un abismo entre los valores de integración y tolerancia que se predican a los inmigrantes y los pésimos ejemplos de fuerte radicalización política y social, de índole etno-identitaria entre los propios catalanes. 

 La suerte evitó atentados de mayores proporciones. Aun así, quedó del todo claro que los valores de paz, tolerancia y solidaridad, entre razas, culturas y credos, no cuajan en un ambiente enrarecido por la crispación, el enfrentamiento, el desprecio de la legalidad, el acoso a los jueces, la violencia inútil y la fractura entre quienes habían convivido sin problema. Demasiada yesca se ha ido acumulando aquí mientras se hacían juegos florales al estilo de terapia política con las estatuas y el nomenclátor a favor de la interculturalidad y la tolerancia.  Peor, se generó más tensión, al extremo de ocupar con violencia pasiva los centros en donde votar sin derecho, de hacer cargas policiales, de acabar en exilios y encarcelamientos.

 Sólo mes y medio transcurrió entre los atentados de agosto y los turbulentos primeros cuatro días de octubre. Mismo escenario, Barcelona. Portada y contraportada del fracaso de la posmodernidad en una ciudad que se empeñó y consiguió ponerse atractiva, en dar una buena imagen gracias a la inmensa pancarta en que tras las Olimpiadas se había convertido el espacio público. De diseño. Desde enormes fachadas cubiertas de lujosa publicidad a (pretendida) moralidad en sus monumentos y callejeros.

La exitosa campaña “Barcelona ponte guapa” tuvo su correlato con la posmodernidad de lo políticamente correcto, con la nacionalización catalanista de la ciudad, con la erradicación del franquismo para que nada desentonase en los selfis que se hiciesen en ella quienes controlan el poder político, protagonizan las movilizaciones populares o deambulan a lo guiri. Nada nuevo. También los prohombres de la Restauración, a la que perteneció Antonio López, oficializaron a su gusto Barcelona con monumentos, esculturas y nomenclaturas en la trama urbana y edificios públicos, en el Ensanche, Paseo de Gracia, Ciudadela… y con panteones en el cementerio de Montjuïc.

La diferencia es que los líderes de la Restauración en Barcelona no se legitimaron echando abajo lo que no comulgaba con sus ideas. ¡Hasta levantaron el monumento a Prim (1882-1887)! Estaban orgullosos de sus logros y los exhibían, tal que la exaltación escultural en Plaza Universidad de la primera locomotora del tren Barcelona-Mataró. No hicieron revisionismo en el espacio público, sino renovación para dejar la ciudad atractiva según su escala de valores. Por contra, ahora se intenta incluso redefinir el pasado de Antonio López zapeándolo con la actual ética política. Es un toque de intransigencia que el comisionado de Memoria de Barcelona lo encubre animando a los ciudadanos a involucrarse “en la construcción y gestión de la imagen del pasado”. Pero si pido reiteradamente información al Ayuntamiento sobre su decisión con el monumento a Antonio López, no recibo respuesta real ni que pasen meses y meses.  O quizá se considera participación ciudadana al grotesco vandalismo inducido en el Born con la performance “Franco, Victoria… y paisaje urbano”, preparada por el comisionado Ricard Vinyes.

Lo más fácil, como decía Ghandi, es decir la verdad. Que el Ayuntamiento Colau se deje de fantasías democráticas y admita que el espacio público de la memoria sigue siendo coto político de conflictos, donde quien manda tiene las de ganar si impone que el pasado está cambiando aunque sólo sea en el modo de exhibirlo para que los viandantes lo vean como quiere su alcaldesa.    

Memoria _ conflicto – control de la identidad – control del poder. Para algo el comisionado de Memoria dicta la agenda y ejerce de único e inapelable árbitro. Al corte y a la tajada. El resto es un oxímoron al estilo de que la Memoria es “un derecho civil”; y fraseología del tipo: “trasmitir la idea de responsabilidad ética” y “formar a las personas a que tengan una actitud ética frente al pasado”. Es democrático, dicen, pero convierten el espacio público en un campo de reeducación para que los barceloneses tengan una determinada actitud, y no otra, ante lo que ha sucedido. El dirigismo político es tan obvio que hasta lo admiten.

Puestos a instruir en memoria pública se puede secuestrar la estatua a Antonio López en el almacén municipal o, si conviene, hacerla rehén, allí mismo donde está, poniéndole de sambenito una placa que explique que fue un negrero y esclavista. Para el Ayuntamiento, sería una pena que, por quitarla con una torpe desaparición forzada, los inmigrantes perdieran su pedestal reivindicativo y la ciudad olvidara su pasado esclavista. La instrumentalización de la figura de Antonio López da para tanto que lo necesitan. Ya quedan pocos como él.    

En este campo de batalla por los símbolos, poco restaba contra la etapa franquista desde que en 2011 se retiró la estatua “Victoria” (Marés, 1940) en aplicación de la Ley de Memoria Histórica. Hoy la única efigie personal que queda de la posguerra, relacionada con la guerra civil y bendecida por el franquismo, es la del asesinado obispo Manuel Irurita, que desde una especie de hornacina se asoma a medias, como recelosa, a la calle del Obispo. El Ayuntamiento tuvo que rebobinar más de un siglo en busca de un personaje a propósito, Antonio López, para dar un golpe de efecto que deje claro que Barcelona es tan intachable, perfecta y posmoderna que nada se le puede echar en cara. Aunque, puestos a expurgar, por qué no el pasado colonialista y, por oportunismo, también a los Borbones.

Este sesgo de savonarolas, o de radicalidad democrática que contradice el valor de la pluralidad y de la tolerancia, se explica porque desde el poder se pretende hacer pedagogía con el espacio urbano. Veamos si no. A modo de réplica al artículo de Anna Caballé sobre Antonio López (El País, 25-02-16), Ricard Vinyes hace referencia (Ara, 07-03-16) al libro “Ante el dolor de los demás” (Susan Sontag, 2003), del cual cita no textualmente: “Lo que se denomina memoria colectiva no es el hecho de recordar sino establecer que esto es importante”. A renglón seguido, resalta: “El atrevimiento de Sontag es aseverar que la memoria es una decisión, una indicación que procede de una elección”. Y a tono con una de las tesis de Susan Sontag, de que no existe memoria colectiva sino colectiva instrucción, Vinyes se despacha así con los pros y contras sobre Antonio López: “La cuestión de fondo no es la pureza de una conducta sino qué hegemonías representa una ciudad”.

Supongo que no tergiverso si digo que, para el comisionado, la memoria es una elección relacionada con las hegemonías que el poder político decide representar en Barcelona. Esta premisa pende de una memoria seleccionada. La adversativa es que hay varios tipos de memoria. La de John Ruskin (1829-1915) era la académica hasta que el vandalismo y el revisionismo campó a sus anchas a partir de los totalitarismos del siglo XX.

“La conservación de los monumentos del pasado no es simple cuestión de conveniencia o de sentimiento. No tenemos derecho a tocarlos. No nos pertenecen. Pertenecen en parte a los que los construyeron y en parte a las generaciones que han de venir (…) Ningún monumento, sea el que sea, pertenece a las turbas que lo maltratan”. (“The Seven Lamps of Architecture”, 1849. Citada por Juan A. Gaya Nuño en “La arquitectura española en sus monumentos desaparecidos”, 1961, pág. 13).

Ruskin sigue en vigor, si bien los nuevos valores sociopolíticos han puesto en entredicho la visión que a través de los monumentos teníamos de nosotros mismos y de nuestro pasado. En ello está el comisionado de Memoria. El problema está en que, a veces, su radicalidad democrática no se anda con distingos ni disquisiciones. Manda y decide qué se entiende por memoria pública o colectiva como si reflejase este episodio de “Alicia a través del Espejo” (Lewis Caroll, 1871).

“--Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso—quiere decir lo que yo quiero que diga…ni más ni menos.

-La cuestión –insistió Alicia—es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

-La cuestión –zanjó Humpty Dumpty es saber quién manda… y punto”.

Que decida el que mande es lo que toca, pero en un sistema democrático se debería ejercer ese poder con especial ecuanimidad y sensatez en asuntos como memoria, historia y sentimientos populares, pues son especialmente manipulables, interpretativos e incluso vaporosos. No debería depender de los vaivenes políticos. Justo lo contrario de lo que admite Vinyes: “El simple cambio de gobierno es un cambio de perspectiva. La creación del comisionado de Memoria es una declaración de intenciones”. Su sentencia deja en suspenso cuáles son las intenciones. Porque está visto que puede haberlas más propias de revanchistas y ventajistas. Antonio López es un caso, pero más clamoroso es el trato que lleva algunos años dando el Consistorio a la monarquía española.

A un catedrático de Historia no se le puede llamar ignorante, pero sí intelectual orgánico de los republicanos, secesionistas y contestatarios con mayoría en el Ayuntamiento. Si no, a qué viene esta salida de pata de banco: “Sí, querríamos suprimirlos [a los Borbones] del nomenclátor porque han sido una dinastía nefasta para Cataluña. El acuerdo es que se cambiarán los nombres, si hace falta. Si no se hace será por cuestiones técnicas”. (Ara, 16-02-16).

Llama la atención que no haga distingos entre los muchos miembros de la Familia Real, salvo que pretenda un castigo colectivo, lo cual es injusto y paleto. En todo caso, Cataluña es la comunidad del sur de Europa que más ha prosperado durante los últimos tres siglos, también en autonomía política y normalización lingüística; convirtiéndose Barcelona durante este periodo en la ciudad que por su auge, lograda configuración y gran atractivo más debe a los Borbones. Sin embargo, se retiró el busto de Juan Carlos I del Salón de Plenos, en 2015, con la peculiar saña de meterlo en una caja de cartón grabándolo en vídeo, con el teniente de alcalde Pisarello un tanto histriónico y coincidiendo con la visita del Rey Felipe VI a Barcelona. Fue una puesta en escena en la que también participó Xavier Domènech, comisionado de Estudios Estratégicos y Memoria, ente predecesor del actual comisionado de Memoria.  

No tiene sentido eliminar a los Borbones del espacio público que le corresponde por sus tres siglos de reinados. Tampoco lo tendría retirar los símbolos cristianos (nomenclátor, estatuas, hornacinas…) que motean toda la ciudad tras dos mil años de profesarse dicha fe, aunque se alegue que está hiper representada a tenor del número de fieles y de la incidencia de sus creencias. Y algo similar puede decirse del caso concreto de Antonio López, tan relacionado con el despegue, no solo económico, de la ciudad. Todo parte de una premisa errónea relacionada con el espacio público: “El principio es de que todo se puede hacer y todo se puede tocar, siempre con la regulación debida” (Vinyes). Por supuesto, si lo impide una regulación, se cambia por otra.

Un Humpty Dumpty, elegido democráticamente y actuando legalmente, podría a su antojo arrojar al vertedero de la Historia a los personajes y monumentos que desee. Algo falla si un comisionado de Memoria pudiera disponer de tanta discrecionalidad sobre Barcelona a pesar de que el espacio público deba respetar y preservar, entre otras cosas, los vínculos entre generaciones. No en vano, Barcelona representa también un gran cementerio, un camposanto en vista de sus omnipresentes símbolos religiosos. Las placas de sus calles: de mármol con letras negras, con fecha y lugar de nacimiento y muerte, y con una breve leyenda del porqué se le recuerda (ej. político, pintor…) parecen pequeñas lápidas; y hay monumentos que no desentonarían como panteones.

¡A qué viene ese afán de hacer pedagogía con el espacio público a costa de no respetar el pasado de una ciudad de la cual sólo somos sus momentáneos moradores! Las políticas de memoria colectiva para los libros no sirven para las ciudades, ni para los museos… No hay sólo un tipo de memoria colectiva y, por supuesto, no la tiene que definir el mandamás de turno con una decisión… y punto. Por ejemplo, la tesis de Susan Sontag de que no existe memoria colectiva sino colectiva instrucción es más válida para las fotografías en las obras impresas que para una ciudad. De hecho, su libro “Ante el dolor ajeno” recapitula sus ensayos sobre “La fotografía”, que inició a principios de los años setenta con ocasión de las guerras (Vietnam) y donde lo importante era resaltar el dolor de las víctimas. Hacer bandera de este planteamiento para el espacio urbano de Barcelona supondría voltear la mayoría de sus estatuas y placas. También la de Lluis Companys por contribuir en 1934 a abultar el polvorín que estalló en guerra civil.

No, no, una ciudad no es equiparable a un periódico con fotos contra el dolor ajeno, ni debe ser un peripatético libro didáctico. Barcelona tiene su memoria colectiva y, además, sus memorias particulares según los grupos sociales, credos, ideologías, barrios… con sus mil historias e intrahistorias que no hay por qué ahormarlas para instruir a los barceloneses bajo la vara de mando. Así pues, como con los cementerios, un respeto. Hay lazos afectivos entre generaciones; hay pasados ajenos al dolor actual; hay recuerdos que no se pueden obviar echándole más tierra encima; hay monumentales tumbas que no se remueven sin fundados motivos… Y, sobre todo, hay una continuidad histórica que está por encima de los consensos e intereses de quienes rigen el presente.

Saltarse estos considerandos es otra de las fantasías de una ciudad empeñada en tener su presente tan impecable y posmoderno en valores que no respeta el simbólico cementerio que transcurre por sus calles y plazas recordándonos de dónde y de quienes venimos; y que tampoco valora el respeto intergeneracional que merecen quienes en su tiempo representaron y conformaron Barcelona según su escala de valores. Es un disparate cambiar el pasado de Barcelona según convenga al presente.

Porque depurar estatuas es un proceder de bárbaros e iconoclastas de todo tipo, también de nazis, comunistas, talibanes e integristas. Mal asunto si la radicalidad democrática se parece a una dictadura light, baja en violencia y 0% en sangre derramada. Lo nuevo, lo revolucionario de verdad, sería reforzar la tolerancia para gobernar nuestro tiempo, que falta hace dada la complejidad que genera la globalización. Mantener fuera del almacén y sin sambenitos a Antonio López serviría a tal fin, al menos mientras no se demuestre que fue el negrero que dicen. Lo otro es lo peor de lo peor: soberbia moral. Un mal presagio para una ciudad que, sin haber olvidado el golpe de Estado franquista ni la guerra civil ni el “silencio de las campanas” ni las posteriores contrarrevanchas, vuelve con la crispación a sus calles y exacerba su inacabada guerra de símbolos. 

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