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ANTONIO LÓPEZ. PISARELLO Y OTROS PAYASOS

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NAUCHERglobal, Eugenio Ruiz Martínez 07/03/2018

La fiesta cívica montada para retirar la estatua de Antonio López no defraudó. Fue la impostura que podía esperarse como colofón a una larga y creciente campaña que durante años ha ido desprestigiando al naviero con falsas y maliciosas acusaciones. En total, unos doscientos nos personamos frente al monumento, incluidos quienes queríamos ser testigos del atropello, quienes se apuntan a cualquier fiesta o se arriman a ella sólo porque pasaban por allí. Nunca está de más ver un espectáculo de titiriteros y comediantes, con música tumba-tumba y el atractivo añadido de una gran grúa que a cualquiera deja en vilo o le engancha la atención hasta que acabe de remover una escultural mole de piedra.

Hubo poca gente interesada a pesar de la campaña de propaganda municipal que durante días anunciaba el acto con carteles (Fem Festa, Fem Historia) y que la víspera se publicitaba en el metro para concitar el máximo de participantes. También anduvo escaso de entusiasmo. El clima popular reflejaba el mortecino cielo encapotado de gris, pues lejos de predominar las pasiones ante el presunto negrero, hubo muchos más asistentes y curiosos que participantes de este acto reivindicativo contra la esclavitud y el racismo. Y aunque los grupos musicales Always Drinking y Djilandiang, Les Comediants, los payasos y los pirotécnicos se afanaban en mullir los ánimos, ambiente festivo no acabó de cuajar en la Plaza Antonio López. Es lo que tiene la impostura.

La propuesta consistorial Fem Festa parecía Fem vergonya porque fue un despropósito montar una fiesta infantil, tipo “Supertres”, cuando había tan pocos niños y mucha gente tan mayor que la media de edad rondaba los 45 años. Las animadoras socioculturales, con Tamara Ndong Bielo de showoman, abusaron de un lenguaje, tono y gesticulación para niños, demasiado infantil, que venían a cuento menos que la chocolatada montada allí al mediodía, a una hora que está de sobra saborearla justo antes de comer. En fin, un despropósito tras otro.

El Ayuntamiento evitó dar la solemnidad o enjundia que, de ser cierta la acusación, hubiese merecido retirar la estatua erigida hace 134 años a un “esclavista”. Pero tampoco logró la chufla de que la gente acudiese a los talleres infantiles montados allí mismo para confeccionarse una mano y un gorro hechos de papel con los cuales crear entre muchos un ambiente de jolgorio con que despedir al, dicen, negrero. Los varios videos colgados en YouTube muestran el paisaje y paisanaje del torticero acto. Sirvan para complementar esta narración descriptiva.  

Salvo unos pocos, el resto de los participantes incluso pasó de los talleres infantiles. ¡Valla rollo! El personal no estaba para participar cogiendo las tijeras, los lápices de colores y el pegamento. Predominó cierta indiferencia, salvo la escenificada por los personajes de tarima/micrófono y por los profesionales del divertimento, patente también en que no hubo ningún acto vandálico, ni mínimamente incívico, contra el marqués de Comillas, algo que me temía la víspera a nada que alguien lanzase algo contra la estatua. Pues, no. Se guardaron las formas, quizás también por el mismo motivo de que no había apenas ganas de hacer el canelo pintando una mano, ya punteada en un folio recortable, con la que decir: Adeu, Antonio.

Contra pronóstico, tampoco acudió al acto un significativo número de inmigrantes, dado que se retiraba la imagen de alguien catalogado de esclavista y, por lo mismo, racista y xenófobo con los negros salvo para deslomarlos. Además, no aparecieron por allí casi ninguna de las 160 entidades que oficialmente pidieron retirar la estatua del marqués de Comillas. ¡Hasta hubo ausencias clamorosas! No se dejaron ver los sindicatos CC.OO. y UGT, responsables del notorio y decisivo empujón dado a este monumento cuando protagonizaron ante él un acto conjunto a favor del trabajo digno y pidieron al Ayuntamiento la retirada de la estatua. Y no vi a SOS-Racismo en puestos relevantes. También faltó Xavier Doménech, de los Comunes/Podemos, primer gran partidario de retirar a Antonio López del espacio público; mientras, su sucesor en el cargo de Comisionado de Memorias deambulaba, un tanto colgado y como uno más, entre los congregados a pesar de ser un acto organizado por dicho ente. Ningún político de primer nivel, salvo Pisarello; ningún historiador de reconocido prestigio en Antonio López y la esclavitud en Cuba… El acto/fiesta tenía especial relevancia y, sin embargo, evitaron subir a la palestra quienes de un modo otro lo propiciaron con sus opiniones y votaciones. Las ausencias dejaron ver lo vergonzante que tenía la gratuidad de quitar por las bravas la estatua que la ciudad, siendo alcalde Rius i Taulet, erigió muy agradecida al marqués de Comillas.

Participaron en primer plano la Federación de Asociaciones de Vecinos de Barcelona, la Asociación Cerremos los CIE (Centros de Internamiento para Extranjeros) y, por supuesto el Ayuntamiento, representado por el teniente de alcalde Gerardo Pisarello, quien por si no había allí suficientes payasos de oficio y de los otros, se permitió por ignorancia o por manipulación más de una payasada. Defendió la tolerancia, convivencia, libertad, las relaciones justas Norte/Sur…, temas manidos de los que ningún político, intelectual o representante público afirmaría lo contrario. Las bobadas las cometió cuando ensalzó por estos motivos a la ciudad y a Clotilde Cerdá:

“Hoy lo que estamos haciendo aquí es un pequeño acto de reparación (…) Es también un acto de reconocimiento porque Barcelona es una ciudad de libertad que nunca ha aceptado la presencia del esclavismo en sus calles y en sus espacios públicos. Barcelona ha tenido grandes luchadores y luchadoras en defensa del abolicionismo (…). Estoy pensando, por ejemplo, en Clotilde Cerdá, hija de Ildefonso Cerdá, que fue una gran música, una precursora en la ciudad del feminismo, republicana, obrerista y antiesclavista. Este acto también va por ella…”

Pisarello desconoce u obvia que Barcelona fue hasta el final la principal ciudad española en defender la esclavitud, tanto que su Ayuntamiento, sus principales instituciones y su flor y nata de la moderna burguesía, del clero, de la intelectualidad…, se opusieron casi en bloque a la abolición de la esclavitud en Cuba (finales de 1872). Y si bien por esos días se celebró una clamorosa manifestación antiesclavista, ésta resultó coja porque en ella no participaron los trabajadores, arguyéndose el peregrino argumento, según uno de sus líderes, de que “no creía en abolir la esclavitud para someterles a la nueva esclavitud del salario”. La Revista Social, periódico anarquista, lo dejó más claro: “A los que declaman contra los propietarios de esclavos negros, vamos a darles un consejo: que trabajen por la manumisión de los esclavos blancos”.

Barcelona no puede presumir de lo que no fue. Tampoco de ningún sobresaliente líder abolicionista. Más bien lo contrario con el empresario Josep Puig Llagostera, el que dijo en las Cortes: “Húndanse los principios, sálvense las colonias”, al defender la esclavitud en Cuba. A falta de un prestigioso abolicionista, Pisarello recurre a la posverdad de que Clotilde Cerdá fue una militante antiesclavista, lo cual es mentira, y encima comete el craso error de calificarla de republicana. Por lo que dijo, el teniente de alcalde sabe tanto de esta señora como yo del general argentino Manuel Belgrano.

Eso sí, encumbra con un distorsionado perfil a la afamada arpista y activista social Clotilde Cerdá. Pero no le hacía falta exagerar ni mentir, pues ella tiene méritos de sobra para ser admirada. E incluso su feminismo de vanguardia tiene el claroscuro trabajo con el cual acudió a la Expo de Chicago (1893): “Educación y Literatura de las mujeres de Turquía”, en referencia a que El Corán defendía a las mujeres y la igualdad de género. Por entonces, enseñaba arpa en el harén del sultán turco, o al menos estaba a sueldo de éste. Nobleza obliga. Nadie es perfecto, ni Clotilde Cerdá por mucho que el teniente de alcalde la beatifique en laico para su feligresía contestataria.

El discurso de Pisarello es otra prueba de la manipulación a que se recurre para denigrar a Antonio López. A falta de pruebas fehacientes contra Antonio López, verborreó sobre derechos humanos y convivencia, afirmó que Barcelona nunca ha aceptado la esclavitud y desvirtuó el activismo social de Clotilde Cerdá. Para eso hubiese sido mejor que callase y dejase directamente el paso a la senegalesa Fatou Mbaye, que vino a decir lo mismo contra el látigo del racismo y los grilletes de la xenofobia, pero aportó la extrema sinceridad de sufrirlo en su propia vida y de representar a sus compañeros de la cooperativa de manteros de Diom Coop.

Tras los discursos, las ceremonias. Se cortó una cinta para inaugurar simbólicamente un nuevo espacio público en la Plaza Antonio López, a falta de cambiarle de nombre. Y empezó el momento cumbre de izar la estatua de su pedestal con fuegos artificiales de rojos y chisporroteantes fogonazos y bocanadas sombrías que el viento disolvió rápido. De seguido se oyeron los conocidos compases Oh Fortuna (¡!) de Carmina Burana, tan ramplones y vagos que incluso costaba identificarlos. La estatua se arrió hasta quedar tiesa en la cama de un camión, como maniatada con cinchos contra su tronco sin por ello soltar/perder los papeles de la mano. Quizá un simbolismo. Es la segunda vez que tumban aquí a Antonio López y quizás no será la definitiva. Ya le han hecho al marqués dos estatuas en Barcelona y le han vuelto a colocar una vez. El pasado y el sentido común siempre vuelven dos veces y las que haga falta. Esperemos.

Y sin solución de continuidad, se la llevaron al almacén de estatuas prohibidas al tiempo que la fiesta se desvanecía entre los compases del grupo senegalés. Pensé que habría sido más acertado que tocase un conjunto cubano. Entonces caí en la cuenta de que Cuba no había aparecido ni de referente claro en ninguno de los festejos, parafernalias y discursos sobre Antonio López. Pues, claro, ¡qué esperaba!

Lo de menos era la esclavitud en la Perla del Caribe. No seamos ingenuos, ni siquiera se molestaron en aportar una sola prueba de que fuera negrero. Lo importante para quienes lo aprobaron en el Ayuntamiento fue echar abajo al marqués de Comillas por el motivo no explícito de ser en Barcelona el conspicuo símbolo de la Restauración borbónica, conservadora y centralizadora. De hecho, la defenestración simbólica de Antonio López ha pasado desapercibida en la prensa castrista (Granma, Juventud Rebelde).

Pero la casualidad ha propiciado que mientras el marqués de Comillas iba abandonando Vía Layetana, 350 metros más arriba, a partir de la Plaza Antonio Maura, se viese la riada de banderas españolas que copaban todo hasta la Plaza Urquinaona. Coincidencia. Provenían desde la estatua a Casanovas. Era como si la reafirmación de la españolidad de Cataluña con dichas arremolinadas banderas, saludara o despidiese a quien Alfonso XII le nombró Grande de España por ser un gran patriota.

Dos estatuas: Antonio López y Rafael Casanovas. Dos parodias a la misma hora y día. La segunda hecha a posta para burlarse de los secesionistas; la otra, para desquitarse como quien “Fem Fiesta” a costa de un prohombre que es considerado enemigo del pueblo por quienes esgrimen la revancha en su programa político. No hay más. Estatuas centenarias de 1884 y 1888, respectivamente, sometidas al fuego cruzado de la guerra de símbolos. Estatuas con vidas paralelas. Ambas pasaron por la repulsa del almacén a resultas de la revolución ácrata o de la dictadura franquista. Y ambas siguen muy vivas pues concitan fuertes pasiones de rechazo o de homenaje.

El hecho de que retiren su imagen del espacio público ha contribuido a rememorar y valorar a Antonio López. Han aparecido infinidad de artículos, no todos en contra. Yo, por ejemplo, he escrito un libro en defensa del naviero. La polémica y el atropello le han revivido, tanto más cuando su enorme y polifacético legado no se puede tumbar. Pero queda la sensación de que la Ciudad Condal ha cometido con él una injusta payasada y un monumental error del que salimos perdiendo aún más convivencia en esta sociedad ya fracturada.

El próximo 15 de abril, está prevista una “Fem Festa” del mismo jaez y contra los marinos. Esta vez le ha tocado al almirante Cervera, cuya calle en la Barceloneta será renombrada con el nombre del humorista, Pepe Rubianes, hijo de un marino, jefe de máquinas (creo) y que recordamos por sus exabruptos sobre la unidad de España (2006). Será una bobada más a cuenta de la Historia y de la gente de mar. Otra actuación de Pisarello y sus payasos programada por el Comisionado de Memorias. ¡Pufff!, y no sé hasta dónde llega la memoria colectiva ni hasta dónde alcanza las ganas consistoriales de eliminar en Barcelona el patrimonio marítimo del espacio público.

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