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ALMIRANTE CERVERA VS PEPE RUBIANES. Del desastre a la burla

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NAUCHERglobal, Eugenio Ruiz Martínez 13/04/2018

El almirante Pascual Cervera Topete y el cómico Pepe Rubianes Alegret no tienen nada en común. Sus muertes están separadas justo por un siglo, sus personalidades y profesiones son antitéticas… y si el primero se sacrificó por España hasta arriesgar su vida y honor, el segundo en medio minuto de inconsciencia la vituperó con desenfado porque en realidad le traía al pairo y hasta le ganaba aplausos en algunos públicos de Cataluña. Sus imágenes nunca se hubiesen cruzado sino fuera porque el Ayuntamiento de Barcelona va a renombrar el 15 de abril calle de Pepe Rubianes (1947-2009) la que el franquismo le dedicó a Pascual Cervera (1839-1909) en la Barceloneta hace casi 70 años.

Habría sido en este barrio de Barcelona una modificación más en el nombre de unas calles que originalmente habían sido bautizadas con todo el santoral que hiciese falta. Tantos santos pusieron a partir de 1.753 que todavía perdura un buen puñado de ellos en las placas de sus calles.  

Cambiar el nomenclátor no debería ser, pues, una tragedia ni tampoco una comedia sino fuese porque hay elementos de índole política que se han subido al escenario para recrear una batalla contra la imagen de España que va más allá de los protagonistas. Es otro desastre, esta vez simbólico, para un almirante que vuelve a ser el ánodo de sacrificio, ahora frente a quienes pretenden que naufrague la imagen de España en Cataluña. Porque aprovechan que Rubianes viviese algunos años en el Nº 1 de la calle del Almirante Cervera, esquina con Paseo Juan de Borbón, para dedicársela a pesar de que ni por nacimiento, ni méritos artísticos, ni por su contribución al barrio le corresponde.

El motivo real es que Rubianes viene a pelo para eliminar a un almirante tan ligado a la historia de España. Para suplantar al célebre marino, de la popularmente conocida Calle Ancha, hace falta tener más galones que ser, en mi opinión, un reconocido cómico, además de, por polifacético, un discreto poeta con hechuras de adolescencia retrasada y un escritor aficionado a la altura poco más de los que hay muchos. A cada cual lo suyo. Haber sido un excelente profesional del teatro (actor/humorista, director, guionista), un genial monologuista y un bufón provocador a favor de la corriente progre y catalanista radical, no debería ser suficiente para hacerse con la mejor calle de la Barceloneta, la que comunica con generosa amplitud la zona portuaria y la playa, un lujo para un barrio de angosturas en su original trama con aceras mínimas y seis metros de calzada.

El franquismo dedicó esa calle a Cervera cuando remodeló la Barceloneta, muy castigada por los bombardeos de la Guerra Civil por estar en medio de primerísimos objetivos militares: puerto, estación de tren, fábrica de armas (La Maquinista Terrestre y Marítima), depósitos de gas (Catalana de Gas) … Hoy achacarían tanta ruina civil a daños colaterales. Entonces, sin armas inteligentes, decían error fatal. En concreto, la zona que comprende la plaza mayor y la todavía calle del Almirante Cervera parecía un campo de guerra. Sin embargo, ese paisaje de escombros después de la batalla ofrecía la posibilidad de esponjar el barrio con una remodelación profunda de la zona. Fue lo que se hizo. Además de ampliar la plaza mayor, la dictadura creó dos calles anchas a las que de rondón les puso el nombre de los almirantes Cervera y Churruca, que se sumaban a los otros tres que tenía el barrio (Andrea Doria, Aixada, Barceló).

Dado que la calle de Cervera le cruza la “T” a la de Churruca, algo así como le hizo Nelson, tenemos en su confluencia las páginas más tristes de la Armada Española (Trafalgar y Santiago de Cuba). Fueron las derrotas que acabaron con el imperio que inauguró Cristóbal Colón, pero también los dignos episodios nacionales escritos a sangre y fuego por unos marinos que afrontaron las batallas a sabiendas de estar en desventaja y sin más alternativas que cumplir órdenes, respectivamente, del almirante Villeneuve y del general Blanco. Refrendaron, con antelación y a posteriori, el retruécano “España prefiere honra sin barcos a barcos sin honra” que pronunció en la guerra del Pacífico (1866) el almirante Méndez Núñez, también con calle en Barcelona. La patriotería y la ignorancia sobre la capacidad de la escuadra española frente a la de EE.UU., que alborotaban de triunfalismo a Madrid, a Cádiz… y no menos a Barcelona, fueron parte de los factores que obligaron a los marinos a dar la cara con un saldo de unos 340 muertos, 200 heridos graves y 1.690 prisioneros.

El almirante afrontó críticas, expedientes y un juicio militar porque nadie en tierra se apuntó al tanto de esta derrota, sino que se culpó a las víctimas de la primera línea de combate. A Cervera se le acusó de inacción y falta de estrategia, aunque finalmente fue exonerado y se le reconoció el sacrificio. Hoy descansa en el Panteón de Marinos Ilustres, pero no sin antes, como diría el malhablado de Rubianes, le diesen mucho por el c... ¡Qué en algo debían parecerse ambos! a tenor de lo que dijo el cómico sobre sí mismo cuando ya enfermo se fue a vivir con su hermana Carmen: “…porque a mí me han dado mucho por culo y a ti no”.

Franco aprovechó la victoria para retirar del nomenclátor de la Barceloneta a quienes la República había puesto, por lo general sus héroes de la Guerra Civil. Y la calle de Alfredo Calderón, un intelectual progresista y pedagogo con Giner de los Ríos de la Institución Libre de Enseñanza, pasó a llamarse del Almirante Cervera, aunque ensanchada a costa de recortar a ambos lados todos los bloques de viviendas. Quitarle la calle al notable Alfredo Calderón (1850-1907) entraba en los parámetros del franquismo de eliminar a quien no comulgase con el nacionalcatolicismo del Régimen. Pero tampoco era descabellado poner más almirantes en un barrio marinero de pescadores, marinos mercantes, estibadores… y operarios del vecino astillero Nuevo Vulcano.

Los entorchados de Pascual Cervera no desentonaban con los nombres de las calles circundantes a la suya que sonaban a mar (San Telmo, Sal, Marinero, Pescadores, Mar…). Más aún, tenían mucho sentido porque en la Barceloneta todavía vivían marinos que habían formado parte de sus tripulaciones y su figura se ligó allí a la construcción de la barriada de pescadores (ABC, 27-03-2018, carta del marino Guillermo Cervantes Govantes, bisnieto del almirante). También eran o residían en la Barceloneta parte de las tripulaciones embarcadas en los vapores de la Cía. Trasatlántica que habían participado en la guerra de Cuba como buques auxiliares y artillados, al extremo de perder cuatro unidades de tronío. De hecho, fueron condecorados todos los capitanes de esta naviera, creada por el indiano Antonio López, que participaron contra EE.UU. en la guerra de 1898 (Antillas y Filipinas). En especial uno de ellos, Manuel Deschamps, gallego residente en Barcelona (galaico-catalán que diría Rubianes) e inspirador por sus proezas de la habanera “El meu avi”. Este capitán de la marina mercante, condecorado con la Cruz Roja del Mérito Naval por las hazañas que compartió con su tripulación, descansa, desde 1998, con Pascual Cervera en el Panteón de Marinos Ilustres, en San Fernando, Cádiz.

Hay que tener en cuenta que cuando se elimina del callejero a una personalidad, también desaparecen quienes participaron en sus logros u honrosas derrotas. El vapor-correo al mando de Deschamps, que rompió tres veces el bloqueo naval estadounidense, se llamaba MONTSERRATy era apodado “El Català” (letra de “El meu avi”) por la predominante composición de su tripulación y tener su puerto base en Barcelona. En 1949, estaba más justificado dedicarle una calle al Almirante Cervera que hoy cambiársela por la de Pepe Rubianes. Además, la escuadra de Cervera se batió sin éxito, pero se batió, también en defensa de los muchos intereses económicos y humanos (emigrantes) que Cataluña tenía en Cuba desde hacía décadas.

Barcelona vuelve a tener una mala y recortada memoria por anteponer sus espurios gestos y partidistas fines al agradecimiento que debe a quien la aupó (Antonio López) o luchó por sus intereses (Pascual Cervera). En sólo mes y medio tenemos otra alcaldada con añagazas a costa también del patrimonio marítimo de la ciudad. Antonio López no era negrero y Pepe Rubianes no es quien para relevar al almirante Cervera en el nomenclátor.

El motivo de dedicarle a Rubianes la Calle Ancha es falaz. Ni era del barrio ni se involucró en el mismo durante los años que de veras vivió por allí. Estuvo de paso en la Barceloneta cuando hacia 1952 llegó con su familia gallega tras dejar su padre la mar estando embarcado de marinero en el trasatlántico Cabo de Hornos, de la naviera Ybarra. Donde Rubianes se crío fue hasta los cinco años en su natal Villagarcía de Arousa y, sobre todo, en el barcelonés Pasaje de la Paz, donde sus padres regentaron la pensión Rubí Prat que les permitió a sus dos hijos estudiar: Filosofía y Letras, él; y Medicina, su hermana.

Lo propio habría sido dedicarle una calle en esta zona del Ciutat Vella y mejor aún, como había sido la idea inicial, en la zona del Paralelo, escenario de sus momentos estelares como artista (Club Capitol). Pero no había color entre una pequeña plaza en el Paralelo y la rumbosa Calle Ancha de la Barceloneta. Tanto más, si esta última opción tenía el solapado aliciente de atacar y hundir en el callejero al Almirante Cervera con todo lo que, para sus detractores, él representa de colonialista español por haber participado en las guerras de Filipinas y Cuba.

El motivo de que Rubianes viviese en la Barceloneta apenas se mantiene. Porque suena muy bien que el actor tenía su casa en ese popular barrio, cuando en realidad vivía literal y anímicamente de espalda al mismo por más que fuera un cliente popular, por ejemplo, en los bares Soler y Emilia (cerró en 2008). Él no supo lo que era vivir en centenarias viviendas de 40 a 60 metros cuadrados, con más humedad que luz solar, con escaleras sólo lo suficientemente anchas para poder bajar con dignidad a los fallecidos, con tendederos a la vista de todos por falta de patio interior y de sitio y dinero para una secadora.

No, no, ¡qué va! Pepe Rubianes se podía permitir vivir en la Barceloneta mejor que en la Bonanova a pesar de figurar, sobre plano, en un barrio modesto. Tenía todo el derecho a ello, ¡sólo faltaría que no viviese como a él le daba la gana, en un moderno edificio que nada tenía que ver con los vetustos iniciados en 1.753, sobrecargados después con pisos añadidos! Tampoco soportó allí los construidos para gente trabajadora e incluso humilde y, tras la Guerra Civil, los levantados a todo correr, sin presupuesto ni pretensiones.

Asunto distinto es que él conociese las estrecheces que pudo acarrearle su casa familiar en el Pasaje de la Paz, que a mediados del siglo pasado ya hacía tiempo que había vivido sus mejores momentos y se iba degradando. Vivir y colaborar en la pensión que tenían sus padres, eso sí que era residir en un barrio popular. Rubianes sabía de qué iba ello y, como había sitios mejores y se lo podía pagar, en la Barceloneta no repitió la experiencia. Se quedó con el mejor de los mundos: vivir acomodado y con la chapa progre de compartir barrio con los trabajadores de toda la vida y con los inmigrantes y guiris que a finales del siglo pasado empezaban a estar por esas calles.

Como no tenía ni coche ni carné, lo normal sería que, tras actuar en los escenarios, Rubianes llegase a su piso de la Barceloneta en taxi, bus o andando por el paseo Juan de Borbón, se adentrase en el barrio sólo cinco metros hasta el portal y una vez en casa disfrutase de las mejores vistas de Barcelona: las dársenas de Port Vell, el frontis del Paseo Colón, Montjuic, Maremágnum, el mar… Eso no es lo que la gente entiende cuando escucha que alguien vive en el incómodo, algo insalubre y popular barrio de la Barceloneta.

Más bien él era un privilegiado, por derecho propio al ser un exitoso artista, que no les cambiaría el piso a muchos de quienes pagan IBI en las zonas altas de Barcelona. Afirmar que Rubianes residía en la Barceloneta sería igual de cierto que decir que fulanito de tal lo hacía en Ciutat Vella por vivir en un edificio con hermosas vistas al paseo Colón, al puerto, al mar… y tomar tapas confraternizando con camareros y clientela en los bares cercanos a la basílica de la Merced.

Tampoco su personalidad un tanto bohemia, solitaria, viajera y a lo soltero era propicia a implicarse en el barrio (asociación de vecinos, centro cívico, parroquia, entes ligados a colegios e hijos…). Considero que, farándulas aparte, era por decisión propia tan propenso a valerse por sí mismo en la vida como en el escenario, y también habría algún paralelismo entre el desparpajo al actuar ante el público y el modo de llevar su vida. Todo lo cual contribuía a que lo suyo no fuese comprometerse mucho, sino a ir por libre.

Sus afirmaciones: “Siempre he hecho lo que he querido” … “Por eso elegí una profesión que no exigiera tener jefe”, y aun sin creerle, su boutade “el primer vago soy yo”, ponen los topes de sus obligaciones a quien, al revés que el Almirante Cervera, no estaba al servicio de nadie y menos para entregarse de por vida a una causa ajena ni a contribuir por sistema a los planes de otros. Tuvo su lado solidario (Kenia), pero la Fundación Pepe Rubianes se constituyó tres años después de su muerte y desde luego a África no fue de misionero ni a Cuba a apoyar la revolución.

Por el contrario, el almirante Cervera murió al pie del cañón de las responsabilidades insoslayables, pues meses antes aún aceptó un destino en Madrid (estudiar la reforma de la Armada) a pesar de estar por lo menos achacoso. De vuelta a su casa, en Puerto Real, falleció con 70 años casi sin haber pasado a la reserva tras 53 años de servicio. Su mausoleo tiene una inscripción que le define: “Esclavo fiel de su deber”. Y se le recuerda por haber dicho: “La sociedad en que cada cual cumpliese con su deber sería feliz”. No era el tipo de persona que hizo siempre lo que quería y menos en un régimen donde la jerarquía y la obediencia van de sí. Un artista se lo podía permitir, incluso tener ciertas licencias; un marino militar, no.

Da la impresión de que Rubianes no dejó muchas deudas para cobrar ni pagar. Por tanto, habría que preguntarse qué hizo por la Barceloneta como para merecerse su gran calle. Y por qué a sor Genoveva Masip Torner (1923-2015) no le han puesto ni una placa de reconocimiento tras entregar su vida a los marginados (chabolistas, drogadictos, enfermos de sida, presos de La Modelo), y en sus últimos 32 años velando desde la Barceloneta por los del barrio al frente del Centro Social Santa Lluïsa de Marillac. ¡Ah, claro!, una hermana de la Caridad no deja "viudas" de renombre como Joan Manel Serrat, quien actuará el próximo domingo allí con ocasión de dedicar la calle a Rubianes y de rebufo celebrar la "Primevera Repubicana". No es igual ayudar a las clases populares que entretener a quienes pagan por reírse con el afamado humorista. Porca miseria. Rubianes no ha logrado su calle por méritos ni porque lo hayan reclamado los vecinos de la Barceloneta. En realidad, los que sí han hecho mucho para conseguírselo son gente ajena al barrio. Porque la iniciativa para renombrar esta calle no fue un clamor popular del vecindario, sino de los admiradores y las viudas de Rubianes, de activistas de la Asamblea Nacional de Cataluña que recogieron firmas en la Barceloneta, más la plataforma Change-org que, a través de los medios de comunicación (ej. El Periódico), hizo campaña en internet para que cualquiera se adhiriese con su firma a esta iniciativa desde cualquier parte. Al menos, veintitantas mil firmas. Para entonces el anterior alcalde de Barcelona, el convergente Xavier Trías, había dado el pasavante de honrar la memoria de Rubianes en el nomenclátor.

Y, claro, a la actual mayoría del Ayuntamiento (nacionalistas, socialistas y comunes) le pareció genial. Al fin y al cabo, el actor era de los suyos por cuanto atizaba a la derecha española con el trazo grueso de catalogarla de facha y, en ocasiones, recurría a la religión, a la monarquía y a España para sus mofas e ingeniosas zascas despectivas. Sólo el apoyo político que ha tenido Rubianes explicaría el agravio comparativo que supone concederle la mejor calle de la Barceloneta mientras al humorista catalán Eugenio (1941-2001), el del “¿El saben aquell que diu…?”, no le han dedicado ni una triste bocacalle; o al genial Manuel Gila (1919-2001), con su “¡Que se ponga!”, lo más que le han concedido en Madrid es una calle sin especial lustre cerca de la circunvalación M-40, es decir, en las recónditas afueras. De risa.

Sorprende lo fácil que es quitar una estatua, léase al naviero Antonio López, o renombrar la calle del Almirante Cervera. Basta respaldar una petición con miles de firmas, pasar la Ponencia Municipal del Nomenclátor, tener la aprobación del consejo plenario del Distrito y contar con el visto bueno de la Asociación de Vecinos, en este caso de Ciutat Vella. Lo demás, mucha filfa y algunos trámites. La propuesta no va ni al pleno del Ayuntamiento. A nada que se movilicen sus admiradores y cuenten con la simpatía de los políticos y de los bichicomas de turno, es posible tener una calle en Barcelona a nombre de quien ha fallecido cuando navegaba a favor de la corriente local y, tal que Rubianes, destaque también por jalear contra la derecha española y contra España, ligando ambas a su obsesivo antifranquismo-antifacherío, acorde a los intereses de quienes ostentan poder en la ciudad. Si, además, identificándose como galaico-catalán, se metió en el charco de considerar que Cataluña y Galicia fueron reprimidas por España, ya se había ganado al menos media calle.

Tiene gracia que dijese: “Además no quiero que los fachas vengan a verme”. No le hacían ni gracia ni falta. Tenía bastante con los de su cuerda que le pagaron en vida por sus servicios prestados promocionándole desde TV3 con muchas más apariciones que otros artistas y a través de las subvenciones que las instituciones dan al arte, al teatro y a la cultura. La gran paga extra ha sido la calle en la Barceloneta. Como a quien le condecoran una vez muerto.

Pepe Rubianes se merecería una calle por el logro de haber sido un gran artista que hizo reír y pensar a los espectadores durante tres décadas. Para lograrlo hay que ser muy bueno, bregar mucho y superar las depresiones y decepciones que sacuden a los creadores. No extraña que algunos, recurriendo a estímulos positivos, tiendan a ser poliadictos (alcohol, tabaco…). Visto así, su cáncer de pulmón, en parte, habría que relacionarlo a su entrega profesional a los demás, amén a que fue un joven de su época, cuando el fumar estaba hasta promocionado y sin campañas en contra. Sería un cáncer colateral debido a la sobrecarga de depender de sus propias fuerzas, pues él hacía de actor, director, guionista y medio promotor de sus representaciones. Actuar solo, él allí solo sobre el escenario, día tras día, durante tantos años, sedimentó un poso de tensiones mucho mayor que si hubiese trabajado en una compañía de teatro. Eso tiene mucho mérito y también tiene mucho riesgo que sobrellevar. No está pagado. El quebranto se suele saldar con el paulatino deterioro de la salud y se compensa con la satisfacción profesional.

Las subvenciones públicas y tratos de favor político sólo ayudan, no más, porque al final él tenía que salir al escenario y seducir al público con una buena actuación, a poder ser brillante, que en el teatro es un reto constante con el agotador esfuerzo de tensarse anímicamente para dar lo mejor de uno mismo. Rubianes fue en esto un crack por mantenerse décadas en el alambre de la popularidad y de la creatividad. Él agradó mucho o poco, según los gustos, tendencias ideológicas e ideas preconcebidas de cada cual. Lo innegable es que fue un exitoso profesional gracias a lo que afirmó Andreu Buenafuente al morir su amigo: “Era un cómico del pueblo, que la gente hace suyo, y eso no se compra”.

Este acertado epitafio tiene alguna salvedad o adversativa por cuanto al pueblo al que se refiere no era tan políticamente transversal y geográficamente extenso como le correspondería a un cómico u humorista al uso actuando en español. Su entusiasta público se circunscribía, sobre todo, a quienes en Cataluña eran de izquierdas y nacionalistas, lo que sin duda provocó filias y fobias que soslayaban, para su desgracia, sus cualidades artísticas. Mientras unos se reían dijese lo que dijese, otros no le veían la gracia nunca. Es lo que pasa. Agradar mucho a unos a costa de desasosegar otro tanto a muchos tiene tan malas consecuencias que los cómicos procuran pasarse lo justo en las provocaciones y nunca vejar a nadie. Forges sin ir más lejos.

El problema es que el estilo de Rubianes, unas veces de pose y otras muy de veras, no se permitía apenas márgenes para andarse con contemplaciones, porque lo suyo consistía en eso mismo, en decir con desmesura y sin inhibiciones ideológicas ni decoro verbal sus verdades como puños, no siempre ciertas y a veces sesgadas, que su público gustaba escucha. En cierto sentido, era un artista malcriado, un consentido por un público que sólo a él le permitía un estilo que rompía esquemas.

Con esa actitud tan provocadora que podía molestar a parte del espectro social, Rubianes y sus admiradores se fueron retroalimentando hacía una radicalidad que les enquistaba. La docena larga de premios que recibió delimitan bastante bien su principal escenario: Cataluña, y en menor medida Baleares y Comunidad Valenciana. Logrando así un rocoso nicho de incondicionales porque él actuaba preferentemente para ese público: “He ido probando números nuevos; introduzco uno, miro cómo reacciona la gente y voy cincelando y puliendo hasta que entiendo que es así como lo quieren, ¡es una sensación dejarte dirigir por ellos, sin que lo sepan” (“Me voy”, 2007, pág. 46).

Por tanto, lo que representaba con éxito para su entregado público en Barcelona no lo tenía por la mano en Madrid (ej. “Lorca somos todos”) y mientras en el plató de TV3 le aplaudían a rabiar, en otras televisiones no podía ser porque ni lo invitaban. ¡Qué distinto a otros humoristas! que como Gila y Eugenio no decantaban su creatividad con agresividad ni dando caña siempre a los mismos y al mismo lado. Albert Boadella sería, en parte, la otra cara de la moneda de Rubianes (creo), aunque ya lleva tiempo tan metido en política que sus figuras no son comparables.

La parte positiva para la imagen de Rubianes, por su radicalidad y concentración de aplausos en Barcelona, es que le han concedido nada menos que la calle del Almirante Cervera. Sería un homenaje insólito, sino fuera porque se le premia injustamente su servidumbre humana de contentar a unos humillando a otros. Fue lo que ocurrió en la funesta entrevista que Albert Oms le hizo, en 2006, para el programa El Club, de TV3. Por deferencia al actor no trascribo los exabruptos que largó porque unas palabras o acciones muy desafortunadas las comete alguna vez en su vida cualquier profesional.

Fue una pena que dichas declaraciones fueran tomadas tan en serio, tanto por quienes las criticaron como por quienes las aplaudieron. Para estos últimos, que Pepe Rubianes suplante al almirante Cervera en el callejero de la Barceloneta viene a ser la segunda parte de sus ofensivas palabras contra España en esa malhadada entrevista. Es un: ¿No queréis caldo?... ¡Pues toma tres tazas! Además, con el recochineo de hacerlo en el aniversario de la II República por si había alguna duda de la intencionalidad hiriente del cambio en el callejero. Fatal. Quizás a Rubianes esto le resarciría a modo de revancha por lo que tuvo que aguantar, pero también le desfavorece que los nacionalistas le manipulen para laminar la imagen pública de España en Cataluña. Sería una de las consecuencias de no haber zanjado del todo aquellos desafortunados improperios que por sí mismos tampoco eran para tanto si él se hubiese disculpado y los españoles afrontados nos lo hubiésemos tomado sin tremendismos.

Lo grave es que después, lejos de pedir perdón con sincero corazón, sólo matizó que se refería a la España que mató a Lorca, dio explicaciones de mal pagador (que si era en un tono completamente cómico, “ese es mi lenguaje acertada o desacertadamente”), o dijo medias verdades (que si eran frases sacadas de un monólogo suyo sobre la desgracia de tener que trabajar). Lástima que no reconociese abiertamente que se equivocó al confundir el plató de una televisión pública con el escenario de un teatro donde cada cual paga por lo que uno espera escuchar y se sobreentiende que todo allí es comedia por más que de verdad y aposta se cante las cuarenta a cualquiera, que para algo están la sátira, la parodia… y el mimo y las onomatopeyas, tan de Rubianes.

Al final, esa entrevista, con 33 segundos desafortunados, marcó para muchos españoles un indeleble lamparón en su carrera a pesar de que sus temas preferidos y más populares eran otros: trabajo, tías y mujeres, sexo y, sobre todo, cuestiones cotidianas a tutiplén que, entre bromas y veras, irreverencias, escatología y mala leche desparramada, él resaltaba para arrancar risas aprovechando las contradicciones e intersticios de nuestro tiempo. Que el entrevistador Albert Oms se riera con gozo de la metedura de pata del humorista aún empeoró más la escena. Como también la agravó que quienes se le echaron encima ignoraran que las entrevistas a Rubianes no eran al uso, pues por lo general las convertía en espectáculos impredecibles: preguntaba al entrevistador, implicaba al público, respondía con desparpajo…, todo y más con tal de pasarlo todos lo mejor posible. Este malentendido sobre qué era una entrevista para Rubianes y el entusiasmo colectivo de los allí presentes en el plató de TV3 explican que sus exabruptos se sacasen más de quicio de lo que ya eran.  

Rubianes tenía razón cuando, refiriéndose a dicho escándalo, afirmó: “Me preocupa la fragilidad de la libertad de expresión”. Pero también fue para preocuparse que él mostrase una frágil personalidad cuando se dejó llevar, expresándose sin ningún respeto, al comprobar las risas y aplausos con que era aceptada su primera andanada de soeces provocaciones. O cuando ya después, con la boca fría y la mente clara, no expresó sin tapujos que se había equivocado y que por tanto debía pedir perdón. Se parapetó pidiendo perdón sólo a la España democrática, como si hubiese dos España porque había una derecha (PP) que él detestaba. Le faltó un punto más de entereza al dar explicaciones y pedir disculpas.

Porque la fragilidad de la libertad de expresión también se manifiesta en lo que se calla. Por lo mismo, en lo que se elimina, pues tachar del callejero al Almirante Cervera es una agresión a la libertad de expresión. Es censurar en el nomenclátor lo que expresa una imagen que incomoda al Ayuntamiento. Estamos en la misma que con la estatua de Antonio López: un vergonzante control “nihil obstat” que permite expresar en el callejero sólo aquello que resulta políticamente correcto o conveniente para el poder. A qué libertad de expresión se refieren quienes eliminan los nombres de las calles y las estatuas porque, caso de la del almirante Cervera, no les gusta que cuenten a los transeúntes unas páginas de historia con hechos, valores y héroes que siguen en vigor. Y se las dan de tolerantes a pesar de la violencia simbólica que conlleva tachar el nombre de Cervera con el de Rubianes.

Esta provocación es gratuita, tanto más cuando el cómico se merecía cualquier otra calle sin levantar polémica y sin desmesura para sus logros. Más merecimientos que él tenían dos celebridades: Joan Salvat-Papasseit, poeta e intelectual/activista de izquierdas, que se casó y formó la familia en el corazón del barrio; y la bailaora Carmen Amaya (de las chabolas de Somorrostro). Ambos cuentan en la Barceloneta, respectivamente, con un paseo y una graciosa fuente con plazoleta (1959) en zonas más apartadas y discretas que la importante y transitada Calle Ancha. No hay como caer gracioso al favor político para que Pepe Rubianes sea realzado allí más que a nadie si exceptuamos, ¡de momento!, a Don Juan de Borbón con el mejor paseo de la Barceloneta.

Claro que, gracias a la política, el franquismo homenajeó a Carmen Amaya también con una escultura en Montjuic (1966); y la democracia le erigió a Joan Salvat-Papasseit (1992) el monumento personal más alto de todo el recinto portuario, lo cual es una desmesura. Está en el muelle Bosch i Alsina (el muelle de la madera, moll de la fusta), sin otra razón que las relativamente pocas noches que estuvo allí de guardamuelle le inspiraron el hermoso poema “Nocturn per a acordió”. Quitan de la zona un naviero (Antonio López) y un almirante (Pascual Cervera) y colocan un poeta y un cómico. Y ni tan mal para la gente de mar si nos sirve de algún consuelo que Joan Salvat-Papasseit y Pepe Rubianes eran hijos de marinos mercantes.

El padre del poeta murió en un accidente laboral siendo fogonero del vapor MONTEVIDEO, de la Cía. Trasatlántica, por lo que sus dos hijos fueron acogidos en el Asilo Naval Español, buque en el puerto de Barcelona para huérfanos del mar (1877-1937). Papasseit estuvo embarcado, sin navegar, desde los 7 a los 12 años y recibió, aparte de nociones de náutica, la formación básica a partir de la cual se hizo autodidacta, salvo un breve paso con los salesianos.  

Y de alguien habría heredado Pepe Rubianes esa irreductible personalidad un tanto individualista, inadaptada, malhablada, aventurera, desmedida en adicciones sociales, tan ligera de equipaje como un macuto, desprendida de las cuestiones materiales, de trato cercano más propio de compañeros que de amigos y, sobre todo, independiente. Decía él que provenía de una familia 80% marinera, que su padre fue marino mercante y que estuvo muy influenciado por un tío, que también lo era. Pues eso. A vuela pluma, me arriesgo a opinar que Pepe Rubianes era a su modo un marinero en tierra. De allí el resentimiento que transmitía entre risas, más propio de quien quedó varado a merced de sus propias fuerzas, como un náufrago con escenario y público en quien desahogarse, aparte de entretenerle y hacerle pensar con sentido crítico. Por su físico, actitud y ademanes hasta me recuerda gratamente a más de un marino gallego con los que he estado embarcado.

En resumen, una divertida tragicomedia va a superponerse en el callejero de Barcelona al digno desastre del Almirante Cervera. Cosas de la vil política: un gratuito despropósito que se explica por el rechazo de la actual gobernanta del Ayuntamiento a lo que represente la nación. Otro desastre. De nuevo impuesto. En 1898, por la alevosía de Estados Unidos al declarar la guerra culpando a España de la misteriosa explosión del acorazado Maine; y ahora por la argucia de homenajear a Pepe Rubianes para eliminar a un almirante ligado a la historia de España. Toca perder, de nuevo, por lo mismo que escribió el almirante Cervera a un amigo tres y pico meses antes del Desastre: “Y lo peor del caso es que la lucha con ellos es imposible … ¡qué ya lo dice el romance! Vinieron los sarracenos/ y nos molieron a palos/ que Dios protege a los malos/ cuando son más que los buenos”. Esta vez, aquí en Barcelona, sin otra posibilidad de encajar el atropello con dignidad que la displicencia de quienes optamos por el exilio interior ante los supremacistas que siguen fracturando Cataluña.

 

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