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23-S: APADRINE UN TERRÍCOLA

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NAUCHERglobal, Miguel Aceytuno 18/09/2018

Bueno, pues eso, que se aproxima el día 23. "Excelente, admirable –dirá algún cachondo– como todos los meses". Muy gracioso, pero no me refería a eso. Termina el verano, llegan los temporales de otoño, y todos los que se han aproximado a la mar, aunque solo fuera a mojarse los pies y tomarse una cervecita y unas aceitunas con arena en el chiringuito, vuelven a marchar. Quizás algo tendríamos que hacer en este punto del año tan especial.

¡Alto! ¡Un momento! Dejen ustedes esas botellas de cava, leñe, que les estoy viendo. No me refería a este tipo de celebración. Pensaba yo en algo más así como solidario, que eso de lo social se lleva mucho y queda muy moderno. Este año propongo apadrinar un terrícola.

¿Un qué? Sí, hombre, esas cosas que van de casa a la oficina y de la oficina a casa, y una vez al año, con mucha suerte, a Benidorm. Seguro que ha visto alguno alguna vez. A veces incluso se acercan al muelle y miran a los barcos sin entender esa tristeza que sale de su alma, que aúlla por nostalgia de tierras lejanas.

Venga, busque uno y arrástrelo de la oreja hasta el buque más próximo. Y ahí, cuéntele: duros años de estudio en la facultad para encontrar después que no hay embarques y los pocos que te ofrecen son por un sueldo de mierda. Dejar a esa persona que decidió pasar toda la vida, todo lo que sabemos de forma cierta que nos ha sido otorgado a tu lado, para encerrarte durante meses en un camarote; ver cómo tus hijos crecen a saltos; arrancarte de la cama cuando aún no ha salido el sol para subir al puente y relevar al compañero soñoliento; frío en invierno, lluvia que cala los huesos, calor tropical; llegar a puerto y no poder ni bajar a por una cerveza porque el armador es un roñica, los amarres están por las nubes y cada segundo cuenta; ver que un compañero ha metido la mano entre dos planchas que un balance ha destrincado y ahora es un amasijo de sangre, y saber que tú eres lo más parecido a un médico –básicamente porque también respiras y tienes dos manos– en mil millas a la redonda.

Las noches de tormenta dura cuando solo oyes el viento y las olas, y al barco le crujen los huesos como el ser vivo que es. Sabes que lucha por ti, sabes que te será fiel como un perro y solo te abandonará cuando muera, bajo la mar. Sin embargo, escuchas sus quejidos, sus lamentos, cada vez que el martillo de la mar cae sobre su espalda dolorida. Con el tiempo te llaman capitán, que era tu sueño de niño. Es lo peor. Te conviertes en dios, y eso es muy jodido. Cada vez que se lía todos los ojos están en ti. Se te prohíbe a partir de ahora tener miedo, llorar, mostrar sentimientos, aún a las puertas de la muerte. Y llega un día en que te dicen que estás viejo. Te echan de la mar y quedas ahí, en el puerto, mirando cómo zarpan los barcos. Bellaco oficio.

Cuenta también que cuando el compañero marcha al catre, reventado tras la guardia, te mete un manotazo cariñoso que casi te tira al suelo. Te ha dejado la cafetera llena, recién hecha. Sales a la batayola con la taza calentita entre las manos y empieza a amanecer. Qué bien huele el café sobre la mar. Sabes que el sol que se levanta es para ti solo. De los 7.000 millones de personas del mundo solo tú ves anunciar este nuevo día. Cuenta cómo a las 23:55 del 31 de diciembre aparece el Viejo con una botella de cava en el puente y le pega 12 martillazos a un extintor, o cómo cuando vienen chungas de verdad levantas la radio y sabes que los hermanos de Salvamento Marítimo van a dar su vida si es necesario –de vez en cuando lo hacen– por ti.

Cuentan esas partidas de cartas inacabables, el comunicarte con gestos y cuatro palabras en tierras lejanas. Cuenta que eres marino por siempre, que la mar es dura amante y caprichosa como mujer, pero que te ama con locura y todo lo da por ti. Cuenta que sabes qué es el comprender el mundo, pues lo has abrazado.

Dícese que una condesa de esas todas cubiertas de pieles quería ligarse a Napoleón y, como eso del "estudias o invades" no lo veía claro, para romper el hielo le pidió que le recomendara un libro. "Una novela? –respondió el corso–. ¡Mi vida!" Pues eso. Solo sabemos cierto que nacemos al lado de una mujer y marchamos con el nombre de otra en los labios, así que no es cosa de desperdiciar lo poco que hay entre ambos instantes. "La vida de la galera dela Dios a quien la quiera", que decía el arzobispo. Ya, vale. No es vivir; es haber vivido. Usted me entiende.

Apadrine un terrícola. Cuéntele todo esto. Y si no lo entiende, es su problema. Muchos besos.

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